Lo cierto es que si llega al Sardinero alguna celebridad de este género, él es quien le presenta a las damas y se compromete a que el presentado les lea alguna cosa: a cuyo compromiso corresponde éste (después de asegurar que viene enteramente desprevenido) leyendo una comedia resobada, o una oda que ya reluce de tanto manoseo, las cuales saca de un enorme cartapacio de poesías que ya han sido leídas por el autor trescientas veces en Ontaneda o Las Caldas, mientras tomó aquellas aguas.

Como piensa hacer algunas investigaciones históricas, arqueológicas y geográficas en la provincia, ha traído con su equipaje una mochila, un grueso garrote con agudo regatón de hierro, y borceguíes ingleses de ancha y claveteada suela. Parece ser que todas estas cosas ayudan mucho a recoger noticias sobre aquello que se trata de conocer y describir, especialmente en un país como éste, en el cual hay un pueblecillo a cada cuarto de legua: una casa en qué dormir regularmente, y comer, aunque no muy bien; buenos senderos para cabalgaduras de alquiler, cuando no excelentes caminos para carruajes; poquísimas antigüedades, y esas a la vista y muy estudiadas ya; nada de historias del otro mundo, y ninguna montaña que escalar a uña y puntera, porque todas son cómodamente accesibles por algún costado. Y la prueba de que este atalaje debe servir de mucho al tourista para sus exploraciones, es que el nuestro, aunque le lleva a cuestas, no camina a pie, ni come de la fiambrera, ni duerme al socaire de los torreones; antes aprovecha el mullido vagón de 1.ª hasta donde le conviene, y luego la diligencia, y hasta los caballejos y carros del país, como hacemos los hombres vulgares, y las fondas y las tabernas y los figones. Luego la mochila y el báculo y los borceguíes que evidentemente no sirven para lo que en rigor significan, tienen alguna virtud de carácter que atrae, combina y depura todo lo que va buscando en sus peregrinaciones un erudito a la flamante usanza, cuando con ellos carga, como con el fardo de sus pecados. Que es lo que yo quería demostrar, recelándome alguna observación maliciosa de tal o cual lector demasiado montañés.

Y ahora continúo diciendo que este ilustrado mortal, en los ratos que le dejan libres sus baños, sus abstracciones solitarias, sus discreteos públicos, sus inscripciones poéticas en los arenales, en las rocas duras y hasta en los troncos resinosos de los Pinares, escribe correspondencias a un periódico de Madrid, que las agradece mucho y quizá las paga.

La última que yo leí impresa, después de haberla leído el autor manuscrita y recién nacida, a sus bellas contertulias, decía, entre otras muchas cosas, plus minusve lo siguiente:

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

«¡El mar!... ¡¡La mar!!... ¡¡¡Los mares!!!... ¡¡¡¡Las mares!!!!... ¡Ah!... ¡Ohhhh!...

»Perdone Vd. señor Director. Perdonadme vosotros, mis queridos compañeros: faltan palabras a mi pluma para expresar cuanto la mente concibe en este horizonte sin medida, sobre este abismo sin fondo. ¡El mar! Pero ¿por qué son verdes sus aguas? ¿por qué son salobres? ¿qué fuerza las precipita contra la roca dura que ahora me sirve de pedestal? ¿por qué suben? ¿por qué bajan? ¡Inescrutables misterios de la Naturaleza!... Pero ¡qué espectáculo, gran Dios!... Contemplándole, el corazón palpita, la mano tiembla, los ojos se turban. El sol sin una nube que empañe sus fulgores; la brisa rizando la inquieta superficie de las aguas sin fin; la blanca gaviota cerniéndose voluptuosa en el espacio; bajo la gaviota, la esbelta nave de tajante proa; allá el puerto; acá el escollo; allí la espuma; aquí las flores; y en todo y sobre todo un torrente de luz y una embriaguez de aromas... ¡Ah!... Mas ¿qué es esto? el trueno ruge; cruzan la atmósfera rayos y centellas; se respira el hálito abrasador de la tempestad; desgájase el secular peñasco; húndese en el abismo, y se elevan hasta mí los pliegues espumantes del salobre sudario que le envuelve... Se columbra un punto en el horizonte ¡Helás! Es una nave. Distingo perfectamente al angustiado nauta que implora el auxilio de los hombres... Muchos son los que pueblan la orilla, pero ninguno acude. El que va a hacer naufragio no implora el auxilio para él solo..., también le necesitan sus tiernos camaradas de equipaje... Yo me arrojo a la mar, y los salvo a todos, entre los saludos y los aplausos de este querido bello sexo, regulador de todas mis acciones, inspirador de mis más elevados pensamientos, y fin y exclusivo objeto adonde hasta el menor de mis intentos se endereza.

»En la próxima semana emprenderé mi viaje de exploración por la provincia. Mi primera jornada concluirá en Colindres, bellísima capital de la Liébana, región que, como ustedes saben, se extiende desde el Valle de Camargo al de Reocín, y está protegido, al Oriente, por los Picos de Europa, y al Occidente por el Monte de Cabarga, el de las eternas nieves. Según Estrabón y Quinto Curcio, esta parte de la provincia fue la verdadera Cantabria, la que dio aquellos héroes que entregaban el robusto cuello, cantando himnos guerreros, al hacha de los esbirros de Felipe II, cuando este fanático monarca, no pudiendo implantar aquí el bárbaro tribunal de la Inquisición, por repugnar a los altivos pechos de estos libres montañeses, ocupó militarmente el país. Algunos rasgos típicos de esa raza insigne se observan todavía en sus actuales descendientes, los famosos pasiegos, únicos pobladores de la Liébana. Pero, mejor que en el sello fisonómico, revela su ilustre procedencia esta hermosa gente en sus costumbres nómadas e independientes. Anidan, como las águilas, en los picos de las rocas; jamás pisan las sendas frecuentadas, ni duermen dos noches consecutivas bajo un mismo techo. Se alimentan de frutas silvestres y de carne montaraz; pues su ocupación exclusiva es la caza, pero con honda, la cual manejan con una destreza asombrosa.

»Mas de esto y otras muchas cosas tan auténticas como interesantes, hablaré a mis bellas lectoras en las sucesivas correspondencias y en un libro que traigo entre manos tiempo ha.»

Con lo cual se queda el corresponsal tan satisfecho, el periódico tan hueco, los lectores que no conocen esta provincia tan enterados, y los pocos montañeses que le leen, haciéndose cruces con los dedos.

Pero no impide, sin embargo, que la prensa local que nos anunció su llegada en junio, nos diga un día, a mediados de setiembre:

«Hoy ha salido para Madrid el distinguido publicista D. F. de Tal, después de haber permanecido más de dos meses entre nosotros. En las varias excursiones que ha hecho por la provincia, ha recogido gran cantidad de curiosos y fidedignos datos, los cuales piensa utilizar para dar a la estampa un libro que tratará de la historia, carácter y costumbres del pueblo montañés, desde los más remotos tiempos hasta nuestros días. Nos atrevemos a rogar al insigne literato que cuanto antes nos haga conocer su obra, que seguramente habrá de darle tanta gloria como títulos al aprecio de todo montañés que estime en lo que vale el buen nombre de su patria.»

Y, adelante con los faroles; que en los venturosos tiempos que corren,

Sic itur ad astra;