Se lee más en su frontispicio cuando está parado a la puerta del café, de una iglesia, del teatro, o de la plaza de toros, que siempre son sus sitios de parada y para los cuales ha nacido, como la estatua para el pedestal. Arrimado a las jambas de una puerta, flagelándose una pernera con el junquillo, lanzando de la boca espirales de humo y dignándose apenas fijar la vista en los que entran o en los que pasan, es precisamente cuando su cuerpo revela más soltura y lucen en sus ojos chispas de inteligencia. Al verle pegado a esas puertas, siempre que al otro lado de ellas se oye el rumor y hasta se huele el tufillo de las muchedumbres emparedadas, (pues es de advertir que jamás se arrima a puerta que no encierre mucha gente) cualquiera pensaría que el ruido le aturde, que el calor le marea y las estrecheces le sofocan; y, sin embargo, deteniendo sobre él un poco la curiosidad, puede observarse que siempre se le ocurre entrar cuando los demás comienzan a salir, como si las apreturas fueran su deleite y hallara en rozarse con pechos y solapas un atractivo irresistible.

Obsérvase también que, por lo común, es de noche más activo que de día. Su andar es más resuelto entonces; y si a la luz del sol le gustan los sitios más públicos y concurridos, a la del gas prefiere las calles más solitarias y sombrías, en alguna de las cuales suele desaparecer por largas horas.

Llega a Santander días antes de los de ferias y toros; pero ni él mismo sabe fijar la época de su marcha, porque ésta depende, a menudo, de los agentes de la autoridad, que pueden echarle la mano encima, en el momento en que él pone la suya sobre el reloj de su prójimo, o está en un garito tirando el pego a dos docenas de incautos a quienes va desvalijando con el auxilio de otros camaradas de oficio; o tanteando los intestinos de la ciudad para buscar una salida por los fondos de la caja del Banco...

Y aquí asoma ahora, lector, el otro tipo, enlazado, por estas profundidades, a la figura de la cual voy tirando para mostrártela en todas sus principales actitudes. Hablemos de él, pues que se empeña, como si fuera un miembro del otro cuerpo, o una cereza del mismo ramillete.

Viene a veranear mucho antes que el otro, y con un pelaje bien diferente. Su tipo es el de un caballero que ha venido a menos. Negra la raída levita, negra la deshilada corbata, negros los relucientes pantalones, negras las puntas que se ven de su chaleco, negra la descuidada barba, negros los ásperos mechones de su pelo y negras las puntas afiladas de sus luengas uñas. En esta figura no hay nada que blanquee; ni siquiera la camisa. Los únicos puntos menos oscuros de este veraniego nubarrón, son dos puntos pardos, ni siquiera grises: los zapatos y el sombrero.

No busquéis esta figura entre los recodos de apartada callejuela, huyendo avergonzada de los resplandores de la luz, o temiendo manchar con su contacto la brillante librea de los capitalistas; ni tampoco en oscuro taller, encorvado sobre la tosca herramienta para ganar, con un trabajo, extraño quizá a sus hábitos y procedencia, un miserable pedazo de pan; ni en la estrechez de una buhardilla repartiendo ese mendrugo entre una esposa y unos niños estenuados por el hambre y envejecidos por la miseria y por las lágrimas. Si de ese grupo fuera esta figura, yo no profanara su augusta miseria presentándola en esta breve galería de debilidades risibles y aun de cosas abominables. Buscadla, pues, entre la engalanada concurrencia de calles y paseos, haciendo de su mugriento equipaje una desvergonzada protesta, y lanzando punzantes miradas sobre los que pasan, como si le debieran la camisa limpia, las botas nuevas o el gabán sin manchas.

Si con esta luz no columbráis aún el tipo, os apuntaré otro dato que necesariamente ha de iluminar vuestra memoria. Durante lo más recio de un chubasco estival, de esos cuyas gotas pesan, cada una, medio cuarterón, y después de saltar de rebote hasta los balcones, convierten las calles en torrentes; cuando las losas relucen, y el tránsito cesa, y comienzan las ratas a asomar por los sumideros huyendo de la inundación, y los chicos las apedrean, y la gente, pegada a las fachadas, porque ya están llenos de ella los portales y las tiendas, silba y aplaude y ríe a carcajadas celebrando las corridas, y asoman cabezas por los entresuelos, y hierven, hasta levantar la tapadera, las alcantarillas del Correo, y se inunda la calle de San Francisco; cuando todo esto y mucho más sucede, un solo mortal atraviesa impávido la Plaza Vieja, o marcha Muelle adelante por la acera del mar, sin paraguas, en chancletas, con las manos en los bolsillos, y, por toda precaución, la cabeza muy hundida entre los hombros. Pues ese es.

Probablemente habréis recibido alguna vez su visita. Es hombre que hace muchas, recién llegado.

Un día os anuncia la inexperta fámula que ha llamado a la puerta un caballero que desea hablaros. Con tal anuncio, la decís que le introduzca en lo más sagrado de la casa; y cuando acudís a recibirle, os le halláis, como la estatua del desconsuelo, con las manos cruzadas sobre el cóncavo vientre, el sombrero entre las manos, y la mirada tangente a las fruncidas cejas y fija en vuestra mirada.

—Cabayero —os dice con voz trémula y un poquillo de olor a aguardiente—, un desgraciado, con su señora enferma y siete criaturas..., sin hogar, sin un pedazo de pan que yevar a sus inocentes labios, implora el auxilio de su generoso corazón.