Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te parecen espantapájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre las gentes de buena sociedad, como modelos de gracia y bien caer.
¡Lo llevaban las de Cascajares!
Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares distinguidos que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales; ú oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin faldones, y hasta sin paño; o la mollera en un cilindro sin alas, o en unas alas sin cilindro.
Volviendo a las de Cascajares, añado que asisten a los bailes campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, o no bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se retiran de él.
Y como son tan distinguidas, suspiran muy a menudo por aquel Biarritz de su alma, donde todo es chic y confortable. En cuanto a Santander, no las hace felices.
El diplomático dice «amén» a todos los discursos de sus hermanas, y no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.
Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta a las dos de la tarde, come a las seis, se va a la ruleta, si la hay, o a timbirimba más fuerte, que sí la habrá, y no vuelve a casa hasta las tres de la mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado; porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.
En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y como se acuesta temprano y madruga mucho, sólo ve a su familia a las horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.
Y llega a la mitad el mes de septiembre, vuelven a empaquetar los equipajes; y después de haber pagado diez visitas de las veinte que deben, tórnanse a Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones de las diez familias con quienes quedan en descubierto, y dejando, en cambio, el recuerdo de su distinción entre las señoras pudientes, que las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y entre algunas inocentes cursis que sudan y se desgañitan por remedar sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y delebles percalinas.