—Pues tómela Vd., si hay quien se la ofrezca.
—Tras eso ando, cabayero; y mientras la hayo en alguna parte, quisiera merecer de Vd. la atención de veinticinco pesos que necesito para que tome los baños mi señora, y para que no me arroje el tigre del casero desde la miserable buhardiya en que ahora vivo, hasta la ignominia de un hospital. Crea Vd., cabayero, que la fortuna da muchas vueltas, espero volver a lo que fui, y no perderá Vd. un cuarto de su préstamo.
Al llegar aquí la historia, se os acaba la paciencia, le dais media peseta, por no darle un puntapié, y se larga tan ufano, haciendo reverencias y mirando, con preferente curiosidad, todo lo que es puerta o pasadizo.
Estas visitas son, como si dijéramos, las generales de la ley. Pero hace también otras, bastante más productivas, aunque no tan frecuentes.
Pinto el caso. Comienza a hablarse mucho en el pueblo de que la va a haber, lo cual, como ustedes saben, sucede cada verano. De mí sé decir que, desde que tengo barbas, no recuerdo uno en que no se haya dicho: «¡Oh! lo que es de ésta, se arma la gorda, y no va a quedar títere con cabeza. Me consta por esto y por lo de más allá.» También es otro hecho innegable que nunca faltan almas cándidas que dan entero crédito a estos rumores, ni hombres vehementes que se hallan dispuestos a echar el sombrero al aire y hasta una mano al negocio, si hay quien sepa colocársele a conveniente distancia. Excuso decir que en cada verano aparece esta señora Gorda con diferente tocado, y que nada le queda ya en el ramo que lucir, desde el gorro frigio hasta la boina.
Pues uno de estos hombres, o una de aquellas almas, es quien recibe la visita del ex-rentista cuando más en punto de caramelo andan los rumores públicos; pero, aunque raído y mal trajeado el visitante, no se compunge ni encorva en la visita: antes se presenta, si bien comedido y muy atento, con gran desenvoltura y buen talante, como quien más ha de ofrecer que recibir. Entonces es el hombre iniciado en los grandes secretos de la conspiración; viene del extranjero, donde aquella se fragua, y va de paso para uno de los puntos de más peligro el día de la batalla. Sabe que el Emperador de allí, o el comité de acullá, o el Grande Oriente del otro lado (según el color que tenga la Gorda) han hecho a la causa un anticipo de doscientos millones. Hay metidos en el ajo quince batallones, treinta generales, ocho fragatas de guerra y el presidente del Consejo de Ministros. El grito se dará en tal parte al salir la gente de tal espectáculo. Toda España está hecha un reguero de pólvora, y sólo falta para que arda, arrimar la mecha. El triunfo, pues, es seguro y muy pronto. Él ha pasado la frontera con grandes precauciones, y a pie, por lo cual está tan desarrapado. No trae credenciales ni papeles de ninguna clase, por no comprometer con ellos la alta misión que se le ha encomendado: pero sí el encargo especialísimo para el visitado, de parte del personaje bajo cuya dirección se hace el fregado, de decirle que se cuenta con él, con su patriotismo, con sus influencias, para animar el espíritu del partido en esta ciudad, reunir los dispersos elementos, etc., etc. Antes de tres días saldrá el emisario para Madrid donde ha de recibir cuarenta mil duros para ciertas atenciones de la causa. Entre tanto, necesita que los partidarios de Santander le proporcionen, siquiera, la miseria de dos mil reales para el viaje y comprar a un maquinista del tren que ha de despeñar un batallón que debe salir de aquí, por ferrocarril, dentro de unos días, a sofocar el alzamiento que tendrá lugar en los confines de la provincia.
Y el pobre hombre que escucha, devora hasta con los ojos, no ya con los oídos y la boca, las palabras del mugriento, y le da una convidada, y se echa a la calle, y revuelve a sus correligionarios, les cuenta lo que le han dicho, les saca los cuartos, reúne los dos mil reales más otros quinientos que él pone de su bolsillo, como en correspondencia al alto concepto que de él ha formado S. E., y se vuelve a casa tan convencido del inmediato triunfo del partido, que le falta muy poco para subir a la del Gobernador y aconsejarle que deje el mando por buenas, antes que se le quiten los suyos a linternazos. ¿Necesito pintar el afán con que el bolonio entrega el dinero recaudado y el placer con que lo recibe el descamisado bribón?...
Algunos días después de estas y otras análogas, aunque no tan productivas hazañas, se oye decir que la policía ha hecho una redada de ladrones que intentaban robar el escritorio del señor de Tal, o la caja del Banco.
—¿Y quiénes eran? —pregunta uno de esos curiosos que se creen en la obligación de conocer a todo el mundo.
—Pillería de Madrid —responde el preguntado—. Pero a dos de ellos quizá los conozca Vd. El uno es un farsantón, de gran fachada, que se pasaba los días arrimado a las puertas de los cafés: el otro, sucio, raído y descamisado, probablemente le habrá visitado a Vd. para pedirle un anticipo de veinticinco duros.