En estos casos, no usa, para sostener la conversación, más que salivazos y monosílabos: también algún carraspeo que otro. Para las grandes ocasiones tiene disponibles unas cuantas frases y pocas más interjecciones y palabras, tan breves como enérgicas: las frases para preguntar, las palabras sueltas para responder, y las interjecciones para comentarios.

Es rico y soltero; trae todo su equipaje en una maleta de cuero inglés, y por toda familia un criado joven que ya le entiende hasta por la mirada.

Viene a Santander acaso porque halla esta ciudad en su camino; pero es lo cierto que viene todos los veranos, y no por pocos días.

Se hospeda en la fonda que mejor le parece, y la deja cuando le conviene; y le conviene dejarla en cuanto observa que una falta grave se repite hasta tres veces; siendo para él faltas graves, el pescado que da en la nariz, el desaseo en su cuarto, la servilleta cambiada en la mesa y el vino adulterado, o cualquiera de esas carnavaladas que suelen permitirse los huéspedes a las altas horas de la noche, sin respeto ni consideración a los que duermen y descansan.

En cuanto a baños, solamente toma dos o tres en la temporada; pero de a hora y media cada uno. Allí se está como una boya en la mar, restregándose la cabeza, carraspeando, escupiendo y estornudando sin cesar y a sus anchas, y con un estrépito que excede a toda ponderación. Cuando sale del agua, no es porque siente frío, sino porque se aburre sin fumar en tanto tiempo.

La primera vez que vino, tuve el gusto de conocerle y de estudiarle, porque un amigo mío con quien yo en cierta ocasión paseaba, era amigo suyo también; saludole al cruzarse con él, diole este el dedo, y juntos, retrocediendo nosotros dos, continuamos los tres aquella tarde; pues por la tarde era cuando esto sucedía, y en el alto de Miranda, cerca de la Ermita.

Según íbamos andando, iba el Barón devorando con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí. A la izquierda, la ciudad amontonada, oprimida, agarrándose unas casas a otras, como con miedo de caerse al agua, y cual si se hubiesen detenido un instante después de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía, mojando los cimientos de las últimas; la bahía, con sus verdes riberas, sembradas de pueblecillos; después sus cerros ondulantes, y detrás de todo los abruptos puertos, con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera ya de sus blancas vestiduras de invierno. A la derecha el mar, coronado de rizos por la juguetona brisa del Nordeste..., y lo demás que sabe el lector tan bien como yo.

—¡Hermoso es todo esto! —dijo mi amigo al Barón, cuando notó, por los gestos de éste, que la misma idea debía andar rodando por sus mientes.

—Sí —contestó lacónicamente el Barón.

—Hasta la ciudad tiene algo de curioso así tendida...