—Derramada —corrigió enérgicamente el otro, después de lanzar de su boca, con la fuerza de un cohete, medio cuarterón de tabaco.
Y tomó el rumbo del Sardinero, siguiéndole nosotros con trabajillos: tan veloz era su andar.
Hay en aquel crucero, durante las tardes de verano, algo como laberinto de gentes y carruajes, que van y vienen. El Barón surcaba impávido sus revueltas dificultades, como si éstas fueran su elemento, o llevara en su mano la punta del famoso hilo de Ariadna. Verdad es que yo no he visto una fuerza de codos como la suya, ni una facilidad más asombrosa para dejar, a su paso, figuras ladeadas y sombreros fuera de la vertical. Nosotros nos colábamos por el surco que él iba abriendo.
Al comenzar la bajada del camino, y en terreno ya más despejado, acortó un poco la marcha, y describió con la vista un arco desde Cabo Mayor a Cabo Quejo; abrió los ojos desmesuradamente, y su pecho y sus narices se dilataron, cual de noble corcel que aspira el aire de la rozagante pradera, tras de oscuro cautiverio. Era indudable que el espectáculo le agradaba. Después estrelló la mirada contra las tabernas y los bardales inmediatos, frunció las cejas, escupió recio... y apretó el paso.
Así llegamos al Sardinero, y, sin momento de descanso, visitamos la galería, y la playa, y las casas una a una (exteriormente, se entiende,) y las fuentes, y los paseos; y como una avalancha atravesamos el puentecillo y llegamos a la Capilla, en frente de la cual tuvo el Barón la buena ocurrencia de hacer un alto. Diose luego media vuelta sobre sus talones, y encarándose con cuanto habíamos visto desde que comenzamos a bajar, como si quisiera hacer un resumen de todo ello,
—¡Gran naturaleza! —exclamó, hasta con su poco de entusiasmo.
—¡Admirable! —dijimos nosotros, haciendo coro a su himno.
—Pero sin arte —añadió, dejándonos con las notas entre los labios, y en la duda de si también alcanzaba su censura a la humanidad que hormigueaba por allí.
Y sin más explicaciones, describió la otra media vuelta que le faltaba, y emprendió la marcha hacia la Magdalena como si el camino le fuera conocido.
Después de contemplar un instante el panorama del Puntal desde el Polvorín, echó cambera arriba por detrás de éste. Indudablemente tiene este hombre un instinto particular para adivinar sendas y caminos.