Hasta dar con el de Miranda, no dijo una palabra, ni tampoco su respiración se agitó una sola vez. Lo mismo son para él las cuestas arriba que lo llano. Es un roble que anda.
Al bajar a la ciudad, le pidieron limosna, como a todo transeúnte, los pobres de la carretera.
Al primero le largó un bufido que heló la plañidera retahíla en su gaznate abierto. Más abajo le tendió su arrugada diestra una anciana que estaba sentada a la sombra de un árbol. Entonces el Barón, que parecía no fijarse en nada, después de llevar una mano al bolsillo, acercóse a la pobre y depositó algo en su regazo remendado. Miré hacia ello quedándome dos pasos atrás, y vi que eran monedas de plata. ¿Fue casual la acertada distinción que hizo entre los dos pobres, o es que la costumbre de dar muchas limosnas le ha enseñado a distinguir los buenos de los malos, con una sola mirada?
Ya en Santander, ofrecímosle billete para concurrir al Círculo de Recreo. Aceptole, y acompañámosle por si quería ver sus salones y encrucijadas. Preguntonos por el de lectura, llevámosle a él, y no quiso visitar los restantes, especialmente el de juego; enterose de la lista de los periódicos que se recibían allí, dio un vistazo a la biblioteca, y después de decirnos que en aquel departamento había más pasto para el cuerpo que para el alma (señalando respectivamente a la mesa de los papeles y a los estantes de los libros) salimos hacia la calle, sin mirar él siquiera a los que jugaban a la baraja a 40° de calor, entre nubarrones de humo de tabaco.
Cuando le dejamos a la puerta de la fonda en que se había hospedado, nos dio el índice, se descubrió toda la cabeza con la otra mano; y ofreciéndonos con un ademán fino y expresivo su habitación, trepó hacia ella..., no sin haber estrellado antes, con un resoplido, contra la pared del portal, el medio tabaco que le quedaba entre los labios.
—¡Vaya un tipo! —dije a mi amigo, llevándome las manos a los riñones que me dolían de correr tras él.
—Le conocí en Madrid el año pasado — me replicó mi amigo—, y puedo asegurarte, por lo que deduje de sus hechos y lo que de él me contaron los que le conocían mejor que yo, que es hombre que vale mucho. Tiene gran experiencia del mundo, y un ojo sutilísimo para conocer y apreciar a las gentes. Es bueno y generoso, hasta el punto de que sería capaz de arrojarse al fuego por sacar de él a su mayor enemigo.
Posteriormente tuve ocasión de ver que no eran exagerados estos informes de mi amigo.
El Barón de la Rescoldera, con todos los desabrimientos y resquemores, externos, de su título, es realmente un hombre de positivo valer.
De él puede decirse, como en resumen, que, al revés de tanto farsante y de tanto bribón como vive y medra, a expensas de la pública credulidad, es un hombre que no tiene palabra buena ni obra mala.