EL MARQUÉS DE LA MANSEDUMBRE.
Llegó a los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos. El Retiro, la Virgen del Puerto, y a lo sumo, el Pardo, eran, para él, las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte..., hasta cien Estanques como el Grande, si se quería. Estanque más o menos, ¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, o al Deva, o al Ebro, o al Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en verano: en invierno, ninguna. En cuanto a praderas, no serían más verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba a crecer. La temperatura estival de la Corte no le afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.
Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amen de enemigo irreconciliable de toda lectura que a viajes y a novelas trascendiese, ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las diligencias que salían de Madrid a varias horas y por todas las puertas de la Villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que envidiaban la suerte de los mortales que abandonaban aquel asadero implacable; y eso que él era uno de los curiosos. Antes al contrario, se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro inseguros tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto dudoso, considerando los riesgos que afrontaba, echándose a rodar por cuestas y desfiladeros, durante media semana, y a merced de bestias y mayorales. ¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos matinales que él se daba por los alrededores del Estanque de las Campanillas; o vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!
Antes que el sol levantase ampollas, se encerraba en su casa, lo bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca, y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba, se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo o de otro, se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.
Porque es de advertir que el Sr. Marqués tenía la pasión de los peces de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.
Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella a horas determinadas, y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.
Posteriormente, dos viajes a Aranjuez en ferrocarril le demostraron que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el riesgo infalible de romperse las costillas o el bautismo; por lo cual, hasta se atrevió a prometerse a sí propio que tan pronto como hubiera una línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para admirar los grandes peces en su propio y natural elemento. «Porque, desengañémonos —se decía—, no puede asegurar que conoce la merluza ni el besugo, quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la Plazuela del Carmen.»
Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en Alar del Rey con la nuestra, armose de valor y de dinero, y se plantó de un tirón en el famoso puerto del mar Cántabro.
Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano a Santander.