Un día quiso lanzarse a correr aventuras fuera del puerto, seducido por las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del pescado en aquellas honduras; y salió, en efecto; mas apenas comenzó la barquía a mecerse en pleno mar, y a columpiarse desde «el lomo altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las ocasiones en que se dice de la mar que está como un plato) pensó que la costa bailaba el fandango, cambió la peseta, y tuvieron los dos marineros que llevarle a puerto seguro, antes que se les quedara entre las manos.
Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo y de la merluza en su propio y natural elemento,» contentándose, hasta mejor ocasión, con el anfiteatro de la Pescadería, donde los veía tan cadáveres como en la Plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.
Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez, al placer de la pesca menor, y poseyendo el arte como cree él poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo especialísimo de la guadañeta.
—Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía —dice con desconsuelo a sus remeros e instructores, cada vez que estos, predicando con el ejemplo, van sacando maganos—. Esta pesca es al vuelo, digámoslo así; hay que robar más bien que pescar; y necesito yo estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.
Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir al aire libre, le lanza a la cara toda la tinta, dejándosela más negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por muestras de admiración a sus proezas.
Tal es el verdadero punto negro de su felicidad; y eso que, generalmente, pesca poco, o no pesca nada, si no se le cuentan como pesca tal cual dolor de cabeza, o romadizo, que de esto no le falta, gracias a Dios, durante la temporada.
No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar a las personas de su mayor aprecio con el producto de sus afanes de pescador. Que, cuando no pesca, habla de lo que ha pescado y de lo que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces, también por sabido se calla. La afición desmedida a ese y otros parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo digan los cazadores, y no se ofendan por ello.
La temporada de este tipo concluye cuando los Noroestes se hacen crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol, apestando su equipaje a brea y a parrocha, gratifica generosamente a sus dos camaradas de campaña, después de pagarles el alquiler de la barquía; y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido ampliamente el propósito que le trajo a Santander.
Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:
Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda en que yo estaba sentado. Plantose a la puerta, dio en las losas dos golpecitos con la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano, oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo, carraspeó tres veces, levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados, como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda: