—Señor D. Juan: pic... pic... pic.. pic... pic... pic... pic... (y marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice y pulgar.) Siete veces picó; y yo quieto,... quieto,... quieto,... Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes a puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo, y ¡rissch! tiro en firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde, a dos brazas de la Horadada... Esta noche tendemos el esparavel... Ya diré a Vd. la carnicería que resulte... Adiós, Sr. D. Juan.
Y se fue.
Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso Marqués de la Mansedumbre.
UN JOVEN DISTINGUIDO,
(visto desde sus pensamientos.)
I.
EN UN CUARTO DE UNA FONDA.
No me digan a mí (enfrente del espejo, y en ropas menores) que aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de la belleza varonil... Serían, todo lo más, forzudos; pero elegantes... ¡bah!... Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de ahora... ¿Qué hay que pedir a esta pierna larga y delgada, como un mimbre? ¿a este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera coyunturas? ¿y a este talle que se cimbrea? ¿y a este pescuezo de cisne?... ¡Si no fuera por esta pícara nuez! Pero se me ha corregido mucho, y a la hora menos pensada desaparece por completo. De todas maneras, la cubriré con la barba... cuando la tenga... Y en verdad que sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos!... porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo negro echado hacia atrás... ¡Qué hermosa frente tengo!... Y eso que no es muy ancha... Bien. Ahora el traje amelí de negligé. ¡Qué bien cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas, porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener yo juanetes como un hombre vulgar?... No sé si me ponga el sombrero de paja a la marinera, o el de fieltro. Como es por la tarde... Me decido por el de paja. No viste tanto, pero me va muy bien... Ahora los guantes de piel de Suecia, el bastón de espino ruso..., y a la calle... Vaya antes una mirada general... Intachable. ¡Cómo se nos conoce en el aire a los chicos distinguidos!... Por cierto que estos provincianos de Santander tienen un afán de arrimarse a uno... y luego serán capaces de quejarse si se les da un desaire... Pues no me hace gracia esta corbata: no juega bien con el traje. La cambiaré. Afortunadamente tengo en qué escoger. Papá se propuso sin duda que en esta primera salida mía a provincias dejara yo el pabellón bien puesto, y nada me ha escaseado. Corresponderé, papaíto, a tus propósitos; y la fama te dirá luego quién es tu hijo. Así están más en armonía los colores; y hasta las puntas sueltas dicen mejor a este traje que el nudo armado... Probablemente me estarán esperando en el Sardinero Casa-Vieja, Monteoscuro, Pradoverde y Manolo Cascajares... y hoy me hacen suma falta, para que me ayuden a averiguar quién es aquella hechicera y distinguida rubia que paseaba ayer tarde con las de Potosí. Cuando quise acercarme a ellas para saberlo, se metieron en un carruaje, y perdí la pista... Tres veces me miró ¡tres! pero ¡con qué intención!... Lo raro es que yo no la conocía hasta entonces... Acaso ella me haya visto antes en alguna parte: esto es lo más probable... En lo que no cabe duda es en que las de Potosí la habrán dicho quién es papá; por consiguiente tengo andada la mayor parte del camino, y mis relaciones con ella son seguras... Lo siento por el desengaño que van a llevarse mis dos conquistas del Muelle. ¡Pobres chicas! Pero ellas se lo han querido. A la tercera vez que pasé bajo sus balcones ya me devoraban con los ojos... Y el caso es que son muy bonitas... Si se conformaran con el segundo puesto que les corresponde en mi corazón. ¡Corazón! Pero ¿le tienes tú, acaso, joven voluble?... ¡Y ellas que aspiran a conquistar el primero! Tendría que oír lo que se dijera de mí en Madrid este invierno, si me presentara en el gran mundo con la historia de dos conquistas provincianas por botín de mi campaña veraniega. ¡Yo que soy uno de los chicos de moda y de más porvenir!... En fin, por de pronto martiricémoslas un poco, y enseñemos a estos cursis montañeses algo de lo que vale y puede un joven de la buena sociedad madrileña.
II.
EN LA CALLE.
Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos un poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la calle de San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras, traficantes que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos tres chicos con humos de elegantes van a querer arrimarse a mí... Haré que no los veo, poniéndome a mirar esta vidriera... Ya pasaron... Me carga esta gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les figura que el darle a uno billete para el Círculo, o para los bailes de campo, les autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los que pasan a mi lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico tan elegante y tan distinguido; ese es de Madrid!»... porque se nos conoce a la legua... Se me figura que por más allá de San Francisco viene algo que no es vulgo... ¡Oh, fortuna! son las de Cascajares. Bien decía yo que ese aire no era de por acá. Voy a saludarlas... «A los pies de ustedes...» «Perfectamente, gracias...» «Pues por aquí matando el aburrimiento...» «Lo comprendo sin que ustedes me lo digan...» «Ni tampoco sociedad...» «Qué quieren ustedes, les falta chic...» «También yo, en cuanto se marchen las amigas del Sardinero...» «Creo que van primero a Ontaneda...» «Y Pilar erisipela...» «¡Qué maliciosas son ustedes!...» «Y Manolo, ¿dónde anda?...» «Entonces le veré en el Sardinero.» «A los pies de ustedes.»