¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura y un retintín!... A estos gomosos provincianos quisiera yo ver tiroteándose con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él aquí? ¡Pobre gente!

Pues señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí lanzaré un par de flechazos a mis dos montañesitas, y en seguida tomo el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo por los atajos para llegar primero.

¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con mis cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo estar hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí señores, nada más que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, a estas horas, no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de Madrid.

Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente... ¡como que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda! pues es la otra quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor; así despacho de un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy a hacer con cada mirada!... ¿qué digo carambola? la discordia es lo que van a producir mis miradas; como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!... Vayan, ante todo, un par de golpes de puños, haciendo, de paso, como que el sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... A esos dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un saludo desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido los trata; cómo los domina!»... ¡Agur!... ¡Qué fachas van!... Las del mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron... Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva. Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas... ¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo propusiera! No miro a una que no me corresponda... Otro golpe de brisa. Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy a volver la cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular más se meten corriendo en casa, haciendo que ríen a carcajadas... ¡De cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues señor, este fruto está ya sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.

El Suizo. Con la disculpa de buscar a alguien, voy a darme un par de golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!... ¡Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más hechicera languidez! No me extraña que las del mirador hayan quedado fascinadas... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!

Ahora, a tomar el tranvía y buscar a mi gente al Sardinero... ¡Ah, rubia! te compadezco...

Me cargan a mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie en la imperial, porque, en el interior, es un poco pesado llevar tanto tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al mar, puede uno siquiera volver la espalda a todo el mundo sin violencia y sin que choque... Debería haber departamentos especiales en estos carruajes.

III.
EN EL SARDINERO.

Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa. ¡Qué toaletas; qué negligés tan chic!... ¡Cómo se destacan las madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar a los amigos; después a la rubia. La compañía le hace a uno más osado y hasta más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo a las de Potosí que están aquí paseando. ¡Canastos! vienen solas... ¿Y la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por ella... «Señoritas...» «Muy bueno, gracias...» «Sí, la tarde está hermosa para eso...» «Ayer estaban ustedes más acompañadas...» «Palabra de honor; jamás había visto a esa señorita...» «Hermosa es en efecto; pero ¿y qué?...» «Ni tarde ni temprano...» «¡Que se ha marchado ya!...» «Oh, no me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha estado aquí...» «De modo que veinticuatro horas escasas...» «Pues no vi yo a su papá...» «¡Barrizales!» «¿Luego ella es Lola Barrizales, la que estaba en un colegio de Alemania?» «Y, ¿qué va a hacer ahora en Madrid?...» «¡Que va a casarse en cuanto llegue!...» «Nada hay de raro, en efecto, sino que... en fin, que sea enhorabuena.» «Y hablando de otra cosa ¿han visto ustedes a Casa-Vieja y demás amigos por aquí?...» «Lo siento, porque andaba buscándolos para un asunto... Veré si en la galería... A los pies de ustedes.»

¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo de papá, y ella supo quién era yo; luego aquellas miradas eran lo que yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar con mis amigos, y voy a buscarlos ahora mismo a la galería... Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido el corazón: esta actitud me irá muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas: «Ese joven debe tener una gran pesadumbre ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo la cara hacia la Ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo... Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo estar!... Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas y creo que algunas más. No importa; yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en nadie: a papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho! ¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. A la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.