—No tanto como creéis —contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.

—¡Ay! no me digas eso... Di que Dios da nueces... Aquí te quisiera yo ver todo el año.

—De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí el tiempo; pero de esto a lo que vosotras pensáis...

—¡Madrid! con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola, ¿verdad?

—Psé... Como no sea alguna vez que voy a la parada con mamá...

—¡A Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.

—Ni se arrepara en ellos, chicas... La última vez que fuimos se empeñó el coronel entrante en que tomáramos asiento en el pabellón...

—Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.

—Claro está que no.

—Uf, ¡qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te sucedan ciertas cosas.