—Por supuesto, que te escribirás con el Marqués.

—Anda, curiosa, picarona, ¿quieres saber tanto como yo? Esas cosas no se dicen, ¡ea!

Y con esto, o algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la preguntona, corta Ofelia el interrogatorio a que todos los días se la somete, y cambia de conversación.

Entre su madre y Doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.

—¿Y cómo no se anima su esposo de Vd. a acompañarlas algún verano? —pregunta a la de Madrid la coronela.

—Porque no puede, Doña Calixta.

—¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!

—Pues por lo mismo. Usté no sabe, Doña Calixta, ¡qué bregas y qué laberientos trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya se lo digo yo bien a menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué comer!»

—Lo mismo me pasa a mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene Vd. metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy que está levantando la presa de una fábrica de harinas; mañana que va a los cierros con un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después, que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los albéitares; cuándo que los colonos; cuándo que el administrador... ¡Nunca jamás tiene un día para ver a su familia!

—«Pero, hombre —le he dicho algunas veces—, sacrifica media semana siquiera para saludar a estas señoras tan buenas y que tanto nos quieren»... Como si callara, Carmelita...