—Pues sucediéndole a Vd. eso con su esposo ¿cómo le extraña a Vd. que el mío no nos acompañe jamás?
—Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.
—¡Mucho más, D.ª Calixta! Figúrese Vd. que mi esposo no tiene hora libre. Estamos almorzando: carta del Ministro de Hacienda para que se vea con él inmediatamente; nos sentamos a comer: volante del Gobernador que tiene que hablarle de continente; vamos a salir al Prado, o a la Castellana, o al teatro, o al baile de Palacio, es un suponer; pues el diputado, o el ayudante del general, o el diablo, está ya a la puerta para que se vea en el azto con el presidente de las Cortes, o con el Capitán general, o con el director de Beneficencia, sobre que la contrata, o el suministro... Le digo a Vd. que él podrá ganar buenos caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos días tiene un humor que tumba de espaldas.
—¿Y por qué no tiene un hombre de su confianza en quién descansar?
—Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará a su esposo de Vd.
—Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios ¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para una hija sola que tiene...
—Cierto es eso; pero los negocios, parece ser que están enredados unos con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se quiere... Y si no, pregúnteselo Vd. al coronel.
—En verdad que algo de eso suele decirme a mí Guerrilla cuando le llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de su familia.
—Pues velay, usté.
—Ya, ya; ya me hago cargo.