Y por más vueltas que dan la madre y las hijas a sus interrogatorios, no sacan otra cosa en limpio las de D.ª Calixta, con respecto a la verdadera posición social de sus amigas de Madrid.

Algo pudiera decirlas yo que les ahorrara más de la mitad del camino para llegar al asunto: pero ¡vaya Vd. a ponerlo en sus bocas! Toda la veneración que sienten por Ofelia, no alcanzaría a impedirlas que se lo contaran, en secreto, al primero que les manifestara el mismo afán que ellas tienen hoy. Y que ese algo no debe publicarse después de haber ellas mismas ensalzado tanto la prosapia de Ofelia, es indudable. Y si no, que lo diga el imparcial lector, a quien hago juez en el asunto. Trátase de una carta que las de Madrid se dejaron olvidada debajo de la cama, en la casa de huéspedes que habitaron el verano pasado: carta que llegó a mi poder, no diré cómo, y dice así:

«Mi más querida esposa Carmelita, y amadísima hija Ofelia: Sus escribo la presente para decirvos que estoy bueno de salú, y para que me digáis cómo anda la vuestra; pus va diquiá dos semanas que no recibo carta de vusotras. De paso sus alvertiré que, como la lezna no entra por onde señala, lo de la contrata de zapatos para el Hospicio no salió esta vez como las otras; y gracias que lo cuento en mi casa. Paece de que antier volvieron los chicos descalzos al establecimiento, porque a resultas de la lluvia, se reblandeció el cartón de la suela, y se descubrió el ajo. Diréis que cómo otras veces ha pasado el engaño, y ahora no. Sus diré a eso que, en primer lugar, esta vez, por guitonada de los oficiales, no se dio bien al cartón el unto que sabéis y con el que aguantaba un zapato siquiera tres posturas (no mojándose en la segunda); y después porque ya no está allí el encargado de enantes, que además de recibir la obra por buena, echaba a los chicos la culpa de la avería, cuando se le quejaban de ella. Tomó cartas ahora el Administrador, y me baldó. Por buena compostura, he consentido en perder todo el valor de lo entregado; que, por fortuna, de cartón era ello y de badana. ¡Bien haya los sofocos que me di cortando pares en el mostrador! ¡Y yo que pensaba calzar a medio ejército de tropa, por lo que, como sabéis, tenía echado un memorial en el menisterio! Me temo que lo del Hospicio no me ha de favorecer nada para el caso. Y lo peor es que por atender con todos mis operarios a la tarea, los parroquianos de fino han estado mal servidos, y algunos me dejan.

»A todo esto, sus diré que el Marqués de la esquina se ha casado en Alicante, con una viuda rica y vieja, para salir de trampas. Bien sus decía yo que estaba más tronado que una rata, y también sus dije que me debía los botitos de dos años; y ahora sus diré que además me debía siete duros que me pidió una noche al pasar por la tienda, porque no llevaba suelto. Cuando venga le pasaré la cuenta de todo; y si paga, que no pagará, eso saldremos ganando... ¡y gracias que no nos debe más, que bien hubiera podido ser! No hay que pensar en estos Marqueses que soban mucho a los artistas que tenemos hijas guapas.

»Esto me alcuerda que ya van cinco veranos que veraneáis en esa, sin el menor apego de indiano, como sus figurestes. Con un par de negocios como el del Hospicio, sacabó la tela y, como el otro que dice, el veraneo de moda. Mucho sus quiero, pero no sé si podréis ripitir.

»Venisius pronto, que ya me hacéis falta para el ribeteo en fino: alcordarvos de que pierdo dinero pagando, más de mes y medio, oficialas que hagan vuestra labor.

»Tocante a lo demás, devertisius mucho, pues bien sabéis sus ama y sus estima vuestro esposo rendido y amante padre,

»Crispín de la Puntera.»

EN CANDELERO.


—«Que va a Alicante; que prefiere a Valencia; que acaso se decida por Barcelona.

—»Que ya no va a Barcelona, ni a Valencia, ni a Alicante; porque viene a Santander.

—»Que ya no va a ninguna parte.

—»Que le son indispensables los baños de mar, y que tiene que tomarlos.

—»Que se decide por la playa del Sardinero.