—»Que vendrá en julio; que acaso no pueda venir hasta principios de agosto; que lo probable es que ya no venga hasta muy cerca de setiembre.
—»Que ya no viene ni en julio, ni en agosto ni en setiembre.
—»Que, por fin, viene, y se cree que se hospedará en una fonda del Sardinero.
—»Que es cosa resuelta que llegará el tantos de julio, y que no se hospedará en el Sardinero, sino en la ciudad.
—»Que no se sabe si le tendrá en su casa el Marqués de X, o el Conde de Z, o D. Pedro, o D. Juan, o D. Diego.
—»Que resueltamente se hospedará en casa del Sr. de Tal.»
Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten, rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares, desde mayo a fin de julio, casi en cada año, refiriéndose a alguno de los personajes que a la sazón se hallen en candelero.
Un día vemos conducir a hombros por la calle, una lujosa sillería, un espejo raro, una mesa de noche muy historiada..., algo, en fin, que no se ve en público a todas horas; observamos que las señoras indígenas transeúntes se quedan atónitas mirando los muebles, y hasta las oímos exclamar: «Son para el gabinete que le están poniendo. El espejo es de Fulanita, la mesa de Mengano, y la sillería de Perengano.»
Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y tal cual uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que envía el Sr. de Tal, propio, si le tiene, y si no, prestado.
Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros vulgares, y puede verse en el fondo, enfrente de la puerta, un grupo de personas apiñadas, confundiéndose en él el oro de los uniformes con el negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio a arriba muy a menudo, dejando ver, a tiempos, en su centro, una persona erguida e impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento en el carruaje; parte éste al trote de sus caballos, síguenle, echando los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes, y una pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos de algunos de los que van en el coche, y vuelven a verse los mismos fraques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en desorden.