Pero esta suposición, que bien pudiera admitirse con referencia al molde común de las mujeres, y aun de los hombres, no está justificada cuando se endereza a este otro tipo, cuyas pasiones, talentos y debilidades están, y han estado quizá, muy por encima de todo lo usual y corriente. Con esta consideración a la vista, no se afane el lector por que le diga yo de dónde vienen esas intimidades encumbradas; de qué procede ese varonil desparpajo que la hace, en verano, reina y señora del Sardinero, como en invierno le da absoluto predominio en los aristocráticos salones de Madrid, y eso que no es aristócrata ella, ni nombre llevó jamás que a pergamino huela. Cierto es que cuando se ha pasado la vida en roce continuo con hombres de todas las imaginables condiciones y cataduras, a poco que se haya tomado de cada uno de ellos puede reunirse, cerca de la vejez, gran copia de saber y de experiencia; pero ¿cómo se llegó en la juventud a esas alturas? —pregunto yo a mi vez—, ¿cómo lo que en unas gasta y desprestigia, en otras acrecienta el poder y el atractivo? Aquí no hay otro remedio que volver a la segunda parte de mi tema: la Naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy singulares; y añado ahora que también la Fortuna suele complacerse en mimar con sus dones más preciados a lo que es obra de los caprichos de la Naturaleza.

Así hay que explicarse esas cataratas de doblones que siguen y preceden a esta clase de mujeres en sus viajes, y las envuelven en los alcázares que habitan la mayor parte del año: pues ni feudo se las conoce que tanto produzca, ni ya son Dánaes pudibundas que creer nos hagan en las lluvias de oro de los Joves de ogaño.

Ofrecedle dificultades al vulgar entendimiento, y veréis a la imaginación echarse desatentada por los cerros de Úbeda. Tal sucede en el presente caso. No se comprende bien, o no se explica, la razón de su predominio y de sus caudales, y cada cual se forja una historia a su capricho, fundada sobre vagos rumores; y estas historias juntas quieren ser una pequeña parte de la historia de esa dama, a quien se adjudican todas las anécdotas picantes, todas las frases equívocas, todos los triunfos y todos los escándalos con que han inmortalizado sus nombres en la alta sociedad las demás mujeres de su talla.

No desconoce ella estos rumores; y como sabe muy bien que son los gajes de su oficio, antes la lisonjean que la ofenden.

En las poquísimas veces que se da a luz entre su escogida corte bigotuda, los hombres abren calle para que pase, y las mujeres temen su mirada como el siervo la de su señor. ¿Qué mayor triunfo para su vanidad de mujer de historia?

Tan pocas veces se exhibe en público, que yo mismo que trato de hacer su monografía, no la he visto jamás, ni la conozco sino por la fama que la han dado aquí los que nos dicen que la conocen mucho.

Pero mito o realidad, ella pasa por Santander cada verano, y, como al principio dije, se imprime en la fisonomía veraniega del pueblo de un modo indeleble, como el detalle que más resalta y hasta da carácter e importancia a todos los demás.

Y he aquí por qué yo, que estoy haciendo el croquis de esa fisonomía, no puedo prescindir de dibujar en ella tan expresivo pormenor.

Eso haré yo tan solo, y me guardaré muy mucho de escarbar el cutis para ver lo que hay debajo.

Quédese esto, en buen hora, para los aduladores que la cantan, o para los maldicientes que la despellejan.