Y un rocín que rara vez habitaba bajo techado, por tener que buscarse el pienso de cada día en los camberones y sierras de los contornos.
Item más.—Tenía don Robustiano una hija, la cual hija era alta, rubia, descolorida, marchita, sin expresión ni gracia en la cara, ni el menor atractivo en el talle. No contaba aún treinta años, y lo mismo representaba veinte que cuarenta y cinco. Pero en cambio era orgullosa, y antes perdonaba á sus convecinos el agravio de una bofetada que el que la llamasen á secas Verónica, y no doña Verónica.
Por ende, al verse colocada por mí en el último renglón del catálogo antecedente, tal vez enforcarme por el pescuezo le hubiera parecido flojo castigo para la enormidad de mi culpa; pero yo me habría anticipado á asegurarla, con el respeto debido á su ilustre prosapia, que si en tal punto aparece no es como un objeto más de la pertenencia de su hidalgo padre, sino como la segunda figura de este cuadro, que entra en escena á su debido tiempo y cuando su aparición es más conveniente á la mayor claridad de la narración.
En el ropero de esta severa fidalga, he dicho mal, en su carcomida percha de roble, había ordinariamente:
Un vestido de alepín de la reina, bastante marchito de color;
Un chal de muselina de lana rameado, y
Una mantilla de blonda con casco de tafetán, de color de ala de mosca.
Con estas prendas, más un par de zapatos con galgas en los pies, un marabú en la cabeza y un abanico en la mano, ocupaba Verónica junto á su padre el sitial blasonado en la Iglesia los días festivos, durante la misa mayor.
Ordinariamente no usaba, ni tenía, más que un vestido de estameña del Carmen, un pañuelo de percal y unas chancletas.
Y con esto queda anotado cuanto á nuestros dos personajes les quedaba, que de público se supiese.