Penetrando ahora en su vida privada para conocer también algo de ella, conste que tenían un Año cristiano y la ejecutoria, envuelta, por más señas, en triple forro de papel de bulas viejas. Con el primero daban pasto á su fervor religioso, leyendo todas las noches la vida del santo del día. Registrando los blasones y entronques de la segunda, fomentaban más y más su vanidad solariega.

Así nutrían el espíritu.

En cuanto al cuerpo, un ollón de verdura con escrúpulos de carne y un torrezno liviano y transparente como alma de usurero, se encargaban de darles el poco jugo que los dos tenían.

Exprimiendo y estirando hasta lo invisible las casi impalpables rentas que les proporcionaban las tierrucas, podían permitirse aliquando el lujo de una arroba de harina de trigo, que amasaba doña Verónica, dándoles una hornada de panes que duraban tres semanas muy cumplidas, alternándolos prudentemente con las tortas de borona que se comían los dos ilustres señores á escondidas y con grandes precauciones.

He dicho que el Año cristiano y la ejecutoria constituían el pasto y deleite espiritual de esta familia, y no he dicho bastante, pues conocía don Robustiano otro placer que, si bien muy relacionado con el de hojear la ejecutoria, era aún mucho más grato que éste y, en concepto del solariego, más edificante y transcendental. Consistía en rodearse siempre que hallaba ocasión, y él procuraba encontrarla casi todos los días, de aquellos convecinos suyos más influyentes en el pueblo y de más arraigo, y evocar ante ellos las gloriosas preeminencias de sus antepasados, de las que él apenas vislumbró tal cual destello tibio y descolorido. En tales y tan solemnes momentos, empezaba por explicar la significación histórica de las figuras de su escudo de armas; por qué, verbigracia, el león era pasante y no rampante; por qué era grajo y no lechuza el pajarraco que se cernía sobre el árbol central; por qué eran culebras y no velortos lo que se enroscaba al tronco de éste; qué querían decir los arminios del tercer cuartel, que los aldeanos habían tomado por un cinco de copas bastante mal hecho, etc., etc... Y desde tal punto iba descendiendo poco á poco por el árbol de su familia, cuyas raíces alcanzaban claras, evidentes y perceptibles, hasta la época de los Alfonsos. En cuanto al espacio comprendido entre esta época y las anteriores, la leyenda de sus armas, esculpida en todos los escudos de su casa, copias fidelísimas del que constaba en la ejecutoria, le llenaba digna y elocuentemente. Decía así:

«Antes que nobles nacieran,
Antes que Adán fuera padre,
Por noble era insigne ya
La casa de Tres-Solares
».

Y entonces entraba lo bueno. Según don Robustiano, sus mayores cobraron marzazgas, martiniegas, yantares y fonsaderas; no pagaron nunca derechos al Rey «é le fablaban sin homenaje». Uno de ellos fué trinchante, en época posterior, de la mesa real; y más acá, acompañando otro á su Alteza á una cacería, tuvo ocasión de prestarle su pañuelo de bolsillo y hasta, según varios cronistas, unas monedas para obsequiar á un mesonero. Cuando pasó Carlos V por la Montaña pernoctó en su casa, dejando por regalo al día siguiente un hermoso mastín que apreciaba mucho el Emperador, el cual regalo dió origen á la colocación de las dos esculturas que lucía la pared de su corral, una á cada lado de la portalada, y que groseramente tomaban los aldeanos por dos de la vista baja, ó sean cerdos, con perdón de ustedes. Aún más acá, dos hembras de su familia fueron acompañantas de una Princesa de sangre real, y un varón sostuvo cuarenta años pleito con el Duque de Osuna, sobre si á aquél correspondía ó no poner seis plumas en vez de cuatro en la cimera del casco del escudo. Todavía en tiempos más modernos, ayer, como quien dice, un su abuelo fué Regidor perpetuo de toda aquella comarca; otro cobró alcabalas y barcajes, y, por último, su padre, como era bien notorio, gozó muchos años los derechos de pontazgo y de pesca sobre tres pontones de otros tantos regatos del país, y todos los cangrejos, langostinos y hasta zapateras que se cogieran en las mismas aguas de los propios regatos. Echar las campanas á vuelo y sacar el palio hasta la puerta de la Iglesia para recibir en ella ciertos días á algún pariente suyo, se vió en el pueblo constantemente; sentarse junto al altar mayor en sillón de preferencia, lo disfrutaba él; enterrarse cerca del presbiterio, todos, hasta su padre inclusive, lo lograron por legítimo, propio y singular derecho. ¿Y privilegios de talas, de estrena de puertos y derrotas, exención de plantíos y de reparto de camberas, ó prestaciones... y tantísimas cosas más por el estilo?...—«Pero ¡ay, amigos!» (y aquí cambiaba don Robustiano su tono campanudo y reposado por otro plañidero y dolorido) «á otros tiempos otras costumbres. Cundieron los franc-masones; la impía, la infame filosofía del francés invadió los pueblos y cegó á los hombres; cayó el Santo Oficio; asomó la oreja la Revolución; aparecieron los herejes; dejaron de infundir respeto á la plebe cuatro emblemas heráldicos esculpidos en un sillar; sostúvose sacrílegamente que todos los hombres, como hijos de un padre común, éramos iguales en condición, así como en el color de la sangre, creyéndose una grilla lo de que algunos privilegiados la teníamos azul; para colmo de maldades, nos hicieron trizas los mayorazgos y tragar más tarde una Constitución; y como si esto junto no fuera bastante, para no dejarnos ni siquiera una mala esperanza, muere Zumalacárregui al golpe alevoso de una bala liberal. De tan horrible desquiciamiento, de tan inaudita perversión de ideas, ¿qué había de resultar? El sacrificio estéril, pero cruel, de cien víctimas inocentes como yo; la irrupción en los poderes públicos de los descamisados; la herejía, el desorden, la confusión... el escándalo universal».

Todo esto, y mucho más, decía don Robustiano á sus convecinos, revistiéndose de cuanta elocuencia y dignidad podía disponer, con el doble objeto de satisfacer esa necesidad de su alma y de vengar en los groseros destripaterrones, con la exhibición de tanto lustre, ciertas voces que corrían por el pueblo en son de burla sobre las privaciones y estrecheces que sufrían los dos descendientes de tanto ringo-rango. Por supuesto que los aldeanos oían al solariego como quien oye llover; y al ver su casaquín raído, no daban un ochavo por toda la letanía de grandezas que, puestas en el mercado, no valdrían á la sazón medio celemín de alubias. Pero don Robustiano creía lo contrario, y se quedaba tan satisfecho.

La misma relación hacía con frecuencia á su hija durante las largas noches del invierno. ¡Y vaya si se engreía doña Verónica al conocer las grandezas de sus progenitores! ¡Vaya si gozaba y si se le ensanchaba el encogido espíritu con la ilusión de que estaba muchos codos por encima de la grosera plebe que la rodeaba en su lugar, único mundo que conocía! ¡Vaya si se juzgaba tan alta y tan ilustre como la más encopetada princesa!

Todas las horas del día que estos entretenimientos, más los indispensables de comer y dormir la siesta, dejaban libres á don Robustiano, las invertía en pasear, bostezando, su larga, arrugada y derecha talla por el balcón principal, ó solana, de su casa, si llovía, ó por el solar si hacía bueno, echando de paso á la calleja las piedras que los muchachos habían metido en el cercado al arrojarlas sobre los castaños vecinos para derribar su codiciado fruto.