Verónica, entre tanto, recosía unas medias, soplaba la lumbre ó bajaba al huerto á sallar media docena de berzas cuando estaba segura de que nadie la miraba. Todo lo emprendía, todo lo tocaba y todo la aburría al instante; porque es de advertir que Verónica, con toda su ilustre condición, era, amén de otras cosas, tan holgazana como asustadiza, recelosa y huraña.
Sabía leer mal y escribir peor, gracias á que su padre se lo había enseñado en casa; pues éste no quiso que su hija, cuando niña, asistiera á la escuela del lugar, donde necesariamente había de rozarse, con peligrosa familiaridad, con toda la morralla femenil de sus toscos convecinos.
Ya adulta, no la dejó tampoco asistir al corro donde la gente moza baila, goza y ríe; ni la permitió visitar una tertulia casera, ni una hila, ni una deshoja.—Para que formara una idea del primero, la acompañó varias veces á que le viera por encima de las tapias del solar; en cuanto á las segundas, sólo las conocía, con repugnancia, por los relatos exagerados que, respecto á descompostura y licencia, le hacía don Robustiano.
De este modo la pobre chica pasó por su niñez y llegó al colmo de su juventud sin una amiga, sin una compañera de juegos é inocentes confidencias; sin haberse reído una sola vez con expansión; sin poder deleitarse con el recuerdo de una mala travesura; sin un deseo vehemente, sin una alegría completa, sin una pena, y lo que es peor, sin poder darse cuenta de su propio carácter ni del de los demás.
La portalada de su casa, con la palanca perpetuamente atravesada por dentro, no se abría sino en las ocasiones indispensables, ó cuando llamaba á ella cierta vecina ya entrada en años, chismosa y cuentera, que les hacía los recados y que, por un fenómeno inexplicable, se había ganado el afecto y, lo que es más asombroso, la familiaridad de don Robustiano, que no honraba con ella, por no desprestigiar su grandeza, ni aun á su propia hija. Siendo esta mujer la única que trató Verónica con intimidad, amoldóse por entero á su criterio; y tomando su voz por un oráculo, hízose, por necesidad, chismosa como ella. Oir á esta mujer y murmurar á su lado de todo el mundo sin conocerle, era la única tarea que no cansaba á la solariega doncella.—Que no amó jamás, es decir, que nunca tuvo novio, no hay para qué consignarlo; su corazón fué siempre extraño á semejante necesidad, además de que su posición era lo menos á propósito para creársela. En los mozos del pueblo, como si fueran seres de otra especie, ni reparó siquiera, saturada como estaba de las máximas aristocráticas de su padre. En cuanto á pretendientes ilustres dignos de ella, ni los había á sus alcances, ni á proponérselos de afuera se presentó embajador alguno dentro de su corral ni, en verdad sea dicho, le atormentó un solo instante su falta. La vida de Verónica, por obra y gracia de su señor padre, pasaba, dentro de la casona, como fuera de ella la de los castaños: éstos vegetaban con sol y aire; ella con el escaso pan de cada día, los chismes de la vecina y las declamaciones de su padre. Sabía que era noble, que le estaba prohibido el trabajo grosero, aun cuando le necesitase para no morirse de hambre; sabía que eran plebeyos cuantos seres la rodeaban en el pueblo, y como no la enseñaron jamás á cansarse buscando la razón de las cosas ni el fundamento de ciertas ideas, apegada á las suyas postizas, como el árbol á la tierra, dejaba pasar sobre sí años y acontecimientos sin curarse más de ellos que de mi abuela. Ni más sabía ni más necesitaba.
Escasísimas eran las palabras que entre ella y su padre se cruzaban durante el día, si al buen señor no le daba por hablar de sus antepasados, ó por renegar de los tiempos presentes, en los cuales los hombres de su importancia nada tenían que hacer. Por lo demás, si bien es cierto que no se amaban gran cosa, tampoco se aborrecían.
Don Robustiano sabía de memoria todos los apellidos ilustres de la Montaña, y conocía, hasta en su menor detalle, sus respectivos lemas y escudos de armas; pero jamás citaba á las familias sino por el nombre del pueblo en que residían. Así, por ejemplo, decía: «los de..».[7], y sabido era que se refería á la familia del señor don Fulano de Tal, que radicaba en aquel punto. Profesaba á algunas de ellas, por tradición, cordiales simpatías, y á otras, también por herencia, odio implacable; pero ni las unas ni las otras podían jactarse de haber atravesado, en los días de don Robustiano, los umbrales de su puerta.—No era otra la causa de que cuando éste, de Pascuas á San Juan, iba á visitar tal ó cual santuario, ó á espolvorarse un poco en la feria de acá ó de allá, ó á la capital, rodease media provincia, si era preciso, por no tocar en casa de los de A ó de B, como en su concepto mandaba la buena cortesía, si las tales casas se hallaban en el camino recto. De este modo creía él que estaba excusado de recibir en la suya visitas de tal calibre.
Por eso, cada vez que, después de oirse ruido de herraduras en la calleja contigua, llamaba alguien á su portalada, salía corriendo Verónica y decía, fingiendo la voz:
—¡No está en casa!
Y esta mentira la soltaba por el ojo de la llave, apretando fuertemente con ambas manos el picaporte y cuidando mucho de que no se le vieran las chancletas por debajo de la portalada.