Añada el lector á todo lo que queda dicho un largo balcón á cada fachada del edificio, un escudo de armas grabado en alto relieve sobre cada puerta, y media torre almenada cubierta de hiedra en el ángulo del vendaval, y tendrá una idea de lo que era por dentro, por fuera, por abajo y por arriba la casa de don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, llamada en el pueblo, de cuyo nombre tampoco yo quiero ni debo acordarme, el palacio.

Hemos dicho que de higos á brevas hacía don Robustiano un viaje á la capital, ó á alguna feria ó santuario de la provincia, y es conveniente añadir aquí cómo le hacía; pues este cómo le comía á él la atención mucho tiempo antes y después de la expedición, y constituía uno de los acontecimientos más graves de su estirada y económica existencia.

Concebido el proyecto cuatro ó cinco meses antes de realizarle, le consultaba con Verónica y con la almohada, soñaba con él y le rumiaba con lo que comía; y sólo á vueltas de muchas semanas de brega se atrevía á aceptarle como un hecho, tras de muchos y muy recios suspiros, como aquél que se decide á acometer una empresa heroica y descomunal. ¡Y entonces empezaba el trajín gordo! Examen por Verónica del vestido de gala de su padre, costura á costura, botón á botón, pelo á pelo; pasada al calzoncillo; remiendo á la espalda del chaleco; zurcido á la pechera de la camisa; refuerzo á un ojal; cepillo y saliva á esta mancha; estirón y puñetazo á aquella arruga; reposición de jaretas... y para todo ello, en atención á la transparencia y esencial debilidad de las prendas, un pulso y un equilibrio en los movimientos como si se anduviera con telas de araña ó panes de dorar. Esto, por lo que hace á Verónica.

Don Robustiano, por su parte, frotaba las botas con parvidades de tocino; las ponía al sol dos ó tres días, y cuando ya las hallaba flexibles y á su gusto, golpe de cepillo y betún, hasta que corrían por su pellejo enjuto mares de sudor y asomaba al de las botas un destello vergonzante y ruboroso de lustre. Examinaba pieza á pieza todas las de la montura de su jamelgo, y afirmaba con bramante encerado las flaquezas de aquellos achacosos viejos restos de mejores días; pero en lo que echaba todas sus fuerzas y ponía los cinco sentidos, era en bruñir las armas de su casa esculpidas en las placas enmohecidas del frontalete y del pretal, y en las abrazaderas de los estribos de celemín. Un mocetón, hijo de un rentero suyo, que al día siguiente había de servirle de paje, ó espolique, se encargaba de rascar con un par de garojos el encrespado pelambre del rocín que, pastando siempre á su libertad, como ya se ha dicho, estaba hecho una miseria á fuerza de revolcarse en el polvo y en el barro de las callejas.

Al amanecer se levantaba don Robustiano el día destinado al viaje; daba, por extraordinario, un pienso de maíz al penco; le ensillaba, colocaba en sus respectivos sitios las alforjas y la capa, y dejando las bridas preparadas junto al pesebre, mientras con los granos en él diseminados se regodeaba el manso bruto, se vestía pausada y escrupulosamente con las galas que conocemos, tomaba un huevo pasado por agua, y después de almorzar en la cocina un torrezno el espolique, vestido de día de fiesta y con la chaqueta al hombro, bajaban ambos al corral. Allí se embridaba el caballo; daba don Robustiano, por vía de prueba, un par de tirones á las cinchas, y, calzando una espuela en el pie derecho y santiguándose luego tres veces, decía al paje, puesto ya en actitud de montar:

—Cuidado con olvidarse de los requisitos de costumbre; sobre todo, á la llegada al parador. Allí, ya lo sabes, fuera el sombrero y en seguida mano al estribo y al bocado. Yo, aunque viejo, soy bastante ágil, y si no hay correspondencia y auxilio en los movimientos, puedo llevarme detrás la silla al desmontar; y ¡á fe que haría la triste figura un hombre de mis circunstancias rodando por el suelo á los pies de su caballo! Por lo demás, distancia respetuosa siempre... y lo que te he repetido mil veces.

Y esto tan repetido era, que mientras caminasen por callejas ó sierras solitarias podía permitirse el paje tal cual interpelación ó advertencia familiar á su amo; pero que se guardara muy bien de hacerlo y de no observar la más rigorosa compostura cuando atravesasen barriadas ó caminos reales. Sólo en casos muy apurados le concedía el derecho de interpelarle en público, y eso con tal que no omitiese el previo señor don, exigencia en la cual no hubiera hallado nada que reprochar el mismo ilustre paisano suyo, el famoso Don Pelayo, Infanzón de la Vega.

¡Y era cosa de admirar cómo cabalgaba don Robustiano! Erguido, cerrada sobre el muslo la diestra mano, las riendas en la izquierda á la altura del estómago, las cejas arqueadas y los labios contraídos, impasible á todo cuanto á su lado ocurriese, atento sólo á devolver los saludos que le dirigían los transeúntes; hundido hasta la cintura entre la capa arrollada en el arzón delantero y las alforjas; fijando alguna vez los ojos fruncidos en el rígido cuello de su cabalgadura, y dándose aires de inquietud por los desmanes fogosos de ella, como si capaz fuese de permitirse tanto lujo de vigor. Á una vara del estribo izquierdo marchaba el espolique con su chaqueta y el paraguas del amo al hombro, al mismo trote pausado y monótono del rocín.

En tal guisa, parándose á respirar á la sombra de este castaño, bebiendo el mozo un trago de lo fresco... en la fuente de más allá, llegaban al punto prefijado, del que necesariamente habían de volver á casa antes que el sol se ocultase; pues el solariego, ni por razón de alcurnia ni de carácter, osaba caminar de noche, inerme y solo, ó poco menos.

Era de rigor entre los hombres de su importancia volver con las alforjas llenas. Don Robustiano las atacaba de lechugas, ó de cualquier otro vegetal parecido que, costando poco, abultara mucho.