Sus expansiones con Verónica durante muchos días después de la expedición y á propósito de ella, eran del siguiente jaez:—¿Por qué me miraría tanto un lechuguino que hallé en tal punto? Quizá me conociera. Lo mismo me sucedió con unos personajes que iban en coche: hasta sacaron la cabeza para verme mejor.—Creí conocer á una dama que viajaba en jamugas.—Me pareció, á lo lejos, bastante deteriorada la casa de los de Tal.—De los siete que comimos en la mesa redonda, tres debían de ser títulos: uno de ellos me hizo plato; los demás me parecieron gentezuela de poco más ó menos... Por cierto que ahora se gastan unos carranclanes que con ellos parecen títeres los hombres: el marqués que comía á mi derecha tenía uno.—En el pueblo de Cual se está levantando un palacio: supuse que le harían los de X... pero se me dijo que le fabricaba ¡pásmate! un rematante de arbitrios...
Si el viaje había sido á Santander, los comentarios subsiguientes, aunque del mismo género, eran más minuciosos, y jamás se le olvidaba contar que, merced á su destreza, el caballo galopó muy erguido al salir por la Alameda, á consecuencia de lo cual todo el señorío que en ella paseaba se le quedó mirando, y muchos personajes le saludaron, entre ellos uno que llevaba bastón con borlas y que, en su concepto, debía de ser el Intendente.
Creo que el lector, con lo que apuntado dejo hasta aquí, tiene cuanto necesita para conocer, algo más que superficialmente, al nobilísimo don Robustiano. En esta inteligencia omito de buen grado otros muchos detalles que aún pudieran añadirse al bosquejo. Pues bien: este personaje, en la ocasión en que yo le exhibo y tal como ustedes le han visto, era feliz. Y quiero que así conste, por si de los pormenores referidos no se desprendiese muy clara semejante felicidad que, dicho sea de paso, no debe chocar á nadie que se fije un poco en las condiciones morales del solariego.
«Las revoluciones, el materialismo grosero de la época», aboliendo los derechos y las preeminencias que llenaron las escarcelas y los graneros de sus mayores, barrieron hasta el polvo de sus pergaminos, sobre los que ya no fiara el siglo una peseta, y dejaron limitado el sostén de su grandeza al miserable producto del exiguo mayorazgo, castigado en la mies por la cizaña y el pan de cuco, y en el hogar por el orín y la polilla. Pero aún su vanidad era independiente; aún no había tenido que humillarla delante de ningún villano en solicitud de un mendrugo para acallar el hambre; aún el árbol venerando de la familia se ostentaba virgen, sin el mejor ingerto de leña grosera; aún la piqueta revolucionaria no había profanado los enhiestos escudos de su morada... en una palabra, don Robustiano tenía pura la sangre de su linaje, pan para nutrirse y casa blasonada que le prestaba abrigo en el invierno y sombra en el verano. Es decir, tenía cuanto un pobre de su alcurnia, de sus ideas y de su carácter podía apetecer en los tiempos que corrían, y en ello fundaba su mayor vanidad.
II
Toribio Mazorcas (a) Zancajos, era en figura, en carácter, en alcurnia y en dinero, el viceversa de su convecino don Robustiano: chaparro, mofletudo, con las piernas formando un paréntesis amazacotado y borroso, como le hiciera un niño sobre la pared mojando un dedo en el tintero de su padre, imperfección de la cual le procedía el mote que llevaba; risueño y hablador, plebeyo por todos cuatro costados, y rico. Fuése en sus mocedades á probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo suficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. Poco á poco la taberna llegó á ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas. Entonces se vino á la Montaña con ánimo de no volver á salir de ella, y á los pocos meses de establecido en su casa perdió la compañera que, con poco amor y escasa inclinación, había tomado en el mismo pueblo durante una de sus primeras breves visitas á él.—Generalmente se daba una vuelta por la tierruca cada cuatro años.—Al hallarse viudo y rico, pasóle por la mollera la idea de volver á casarse más á su gusto; pero tomando con calma el consejo de su propia experiencia, desistió fácilmente de su empresa temeraria y se consagró desde luego con toda decisión al cuidado de sus muchas haciendas y al de un hijo que le quedaba, muchachón de diez y ocho años, fresco, rollizo, esbelto, buen mozo en toda la extensión de la palabra, y no tonto ni de mal carácter, aunque algo resabiado por el casi abandono en que había vivido cuando más necesitaba freno y dirección, mientras su padre se hallaba en Sevilla más apegado al interés de la bodega que al recuerdo de su familia. Fluctuó el rico Mazorcas entre enviarle á Andalucía á continuar allí explotando su ya morrocotudo filón de riqueza, ó casarle de golpe y porrazo con una muchacha que valiera la pena, con objeto de que se encargase de la dirección de las labranzas que aquí poseía el afortunado jándalo; pero temiendo que la inexperiencia del joven diera al traste en pocos días con las botas amontonadas á fuerza de sudores, y, por otra parte, cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores, y anheloso de verse algún día rodeado de familia decente, fina y de principios, se decidió... por enviar á Antón (así se llamaba el chico) á Santander á un colegio «de los caros», con el fin de que allí se puliese, desasnase y civilizase, para dar comienzo en él al plan de restauración que se proponía con respecto á su descendencia. El tal chico, sin parar mientes en la talla de granadero que ya medía, y guiado sólo de su afán de salir á ver mundo y gastar como un señor algunos cuartos, aceptó el compromiso y se instaló en la capital como su padre quería. Pero antes de un mes se convenció de que no estaba ya su madera para tarrañuelas, ni su talle para la desgarbada y exigente levita. Con ella era un facha que excitaba la risa en los paseos, mientras que con el traje corto y desahogado se llevaba detrás de sí los ojos de las muchachas. En vista de lo cual se volvió al pueblo y se decidió á no salir más de él, ni de su condición de labrador, como sus abuelos, aunque con todas las ventajas y comodidades de que podía rodearle la posición de su padre.
Como éste, y tal vez por la propia causa, no mecía gran cosa con las mozas de aparejo redondo tratándose de elegir una para perpetua compañera; le gustaban más las de alto copete, no muy emperejiladas y pizpiretas como las que él había visto en las alamedas de Santander, sino las modestas y recatadas que, sin dejar de ser señoras «desde sus principios» y sin carecer de un interesante personal, sabían ser «amas de su casa». Y he aquí el camino por el cual encarriló el demonio al hijo del plebeyo Zancajos para hacerle ir á parar con sus pensamientos, sin darse apenas cuenta de ello, nada menos que á la hija del orgulloso don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, que estaba bien lejos de presumirse tamaño desaguisado á su estirpe solariega.
Y no se sorprenda el lector, que ya conoce el retrato de Verónica, del gusto del joven Antón, así en cuanto á lo físico como á lo moral del objeto de sus deseos. Verónica, físicamente estudiada, sería en el teatro ó en los salones de nuestras cultas capitales una mujer desagradable á los ojos de un hombre avezado á saborear los afeites y la voluptuosidad de las jóvenes de «buena sociedad»; pero colocada en una aldea entre mocetonas de anchas y pesadas caderas, de tostadas mejillas y de torpes y varoniles movimientos, no podía menos de inspirar codicioso interés con su cutis pálido, su pelo rubio y sus manos blancas y pequeñas. La hija de don Robustiano, bajo este aspecto, era, relativamente á lo que la rodeaba, una filigrana, una cosa fina, materialmente hablando; y en siendo una cosa fina en estas aldeas, ya tiene cuantos títulos necesita para conquistar el deseo y hasta la envidia de los aldeanos. Lo fino es para ellos el prototipo de lo bello. Por otra parte, Verónica era señora por herencia y no piojo resucitado, como lo atestiguaban cien testimonios irrecusables; cualidad que basta y sobra para inspirar á las gentes sencillas una más que regular consideración.—Por lo que hace á sus prendas morales, ni Antón las conocía, ni aunque las conociera hubiera sido capaz de apreciarlas con su falta de mundo.
Lo cierto es que el hijo de Toribio Mazorcas, empezando por mirar con atención las dotes personales de Verónica y por recrearse en el examen de las aristocráticas, concluyó por cobrar á la hija de don Robustiano un verdadero interés.
Tanto, que habló á su padre del asunto; y como daba la feliz casualidad de que Zancajos no miraba sin cierta envidia el sitial de preferencia en la Iglesia y los blasones del palacio, por más que muchas veces se hubiese reído de las hinchadas presunciones de su noble convecino, lejos de combatir las inclinaciones de Antón, le prometió apoyárselas con la mejor voluntad.