Así las cosas, un domingo volvía Verónica de misa, sola, porque don Robustiano se había quedado en la sacristía á saludar al señor cura. Iba, como de costumbre, á un paso más que regular y sin otro pensamiento que el de llegar á casa cuanto antes, pues en fuerza de vivir en oscura reclusión había cobrado miedo hasta á la luz y al aire de la libertad. Ya doblaba el ángulo de un muro de la calleja por donde marchaba, y podía distinguir hasta los clavos de su portalada, cuando se halló frente á frente con el hijo de Mazorcas.
Vestía el esbelto chico su mejor ropa, luciendo en cada bolsillo de su finísima chaqueta un pañuelo de seda, cuyos picos caían por fuera, como á la casualidad, pero en rigor con mucho estudio; calzaba ajustados zapatos de becerro en blanco con trencillas verdes, medio cubiertos por la ancha y graciosa campana de un pantalón de satén color de caramelo; prendía con dos gemelos de oro el ancho y almidonado cuello de su camisa de batista, de bordada pechera, ocultando la mitad de los primores de ésta entre las solapas de un chaleco de terciopelo azul con bandas carmesí, y cubría su cabeza con un sombrero de copa, bajo cuyas alas asomaban sobre las sienes dos grandes rizos de pelo negro y lustroso.
Al hallarse Antón enfrente de Verónica se descubrió respetuosamente, y cediéndole galante los morrillos que en aquel sitio pudieran llamarse acera, dijo con voz no muy segura:
—Muy buenos días, señora doña Verónica.
Ésta, sin levantar su vista del suelo, pero acelerando más el paso que llevaba, contestó con la mayor indiferencia:
—Buenos días, Antón.
Y Antón, revolviendo el sombrero entre sus manos, la vió alejarse algunas varas, luchando entre sus deseos, su turbación y el recelo de no volver á hallar ocasión tan propicia. Pero bien pronto, haciendo un supremo esfuerzo durante el cual se cambiaron veinte veces los colores de su cara, se decidió por lo que más le interesaba, y avanzó hacia la solariega, atreviéndose á llamarla bastante recio:
—¡Doña Verónica!
No hubieran hecho más efecto en la hija de don Robustiano dos banderillas de fuego que esta interpelación del hijo de Toribio Mazorcas. En un instante asaltaron su mente aprensiva los temores más extraños; y no teniendo formado el mejor concepto de la conducta de Antón, hasta le creyó capaz de asesinarla allí mismo. En consecuencia, lejos de responder al llamamiento, apretó más y más el paso que estuvo á pique de llegar á carrera. Pero Antón se había resuelto á no dejar la empresa una vez metido en ella. Avanzó, pues, hasta ponerse al lado de la fugitiva, y le dijo dulcificando la voz cuanto le fué dable:
—Tengo que pedir á usted un favor.