Entonces Verónica no pudo menos de detenerse. Trató de combatir su turbación, y retorciendo los picos de la mantilla entre sus manos convulsas, y pálida como la muerte:

—¿Un favor... á mí?—dijo, entre desabrida y asustada.

—Á usted, sí, señ...—respondió Antón sin poder pasar de la ñ, porque la emoción le atascó, como un tarugo, la garganta.

Dió nuevas vueltas al sombrero entre sus manos, miró á Verónica y después á los morrillos de la calleja, y en seguida al cielo, y luego á cada uno de los treinta y dos vientos de la rosa, hasta que por fin, logrando tragar el tarugo, rompió á hablar de esta manera:

—Yo, doña Verónica, presunto el respeto que Dios manda y que usted me contribuye, porque se lo merece, quería decir á usted ahora lo que... vamos, lo que ya la hubiera dicho más de cuatro veces al habérseme acomodado tan buena proximidad como ésta... Lo verdad es, señora doña Verónica, tomando el intento con el arrodeo del caso, que yo no estoy de lo más convenido ni amoldado al gentío del pueblo; y ya que mis medios me lo permiten, quería transigir á mi gusto y proporcionales comenencias... Usted, por sus principios de nacimiento y finura de personal... Vamos al decir... que si... yo...

Y aquí volvió á anudársele la garganta.

Á Verónica le rodaban las gotas de sudor por su cara, cada vez más lívida y descompuesta.

Antón, tras unos momentos de silencio, durante los cuales se repuso algún tanto, continuó:

—Quiero decir que, como tengo bienes de fortuna y no soy bebedor ni pendenciero ni amigo de rondar las hijas del vecino, creo... sin que esto sea menosprecio y me esté mal el decirlo, creo que... vamos, no son quién para mí las mozas del lugar, llamado á contraer enuncias el día de mañana... Porque, doña Verónica, á mí me dió Dios un corazón muy blando de su natural y un poco de sentido acá á mi manera, y pienso que con esto y los cuatro cuartos que uno tiene puede, si á mano viene, declinar á una miaja de finura y cortesía que le consuele en una inclemencia... Por otra parte, no dejo de conocer que he descuidado bastante los principios gramaticales de colegio y demás, porque mi padre se acordó ya muy tarde de que yo era más rico de lo conveniente para bregar con los terrones como un pelifustrán de tres al cuarto; pero si reflexiono que tengo, como he dicho, medios para manutenciar á una señora en todos sus requisitos, y genial para contemplarla como á los oros de la Arabia, con tal que ella se contrapunte siempre en las circunferencias del temor de Dios y de la buena ley á mí, creo que bien puedo, sin ofender á nadie, echar un memorial en este respetive... ¿No es verdad, doña Verónica?

—Me parece que sí,—tartamudeó maquinalmente ésta, que ya no sabía dónde poner el cuerpo ni la vista, y, en fuerza de tirar de los picos de la mantilla, había hecho de ella un turbante tunecino.