Antón, después de limpiarse el sudor con uno de sus dos pañuelos de seda, continuó:
—Pues bueno: en contingencia de estas razones, y sin más ites ni consonancias, sépase usted, Doña Verónica, que lo que yo quiero con todas las ansias de la cortesía es... casarme con usted.
Tres sacudidas sintió Verónica en su corazón; tres sacudidas que le produjeron en los oídos como tres cañonazos, y en seguida se le cubrió la cara de un color más encendido que el del paraguas de su padre. Jamás se había visto en otra el pálido semblante de la solariega. Sin embargo, téngase en cuenta que no era oro todo lo que relucía. Lo inesperado de la declaración, el sitio en que se le hacía, la novedad del lance y el orgullo de raza, un si es no es agraviado, contribuyeron no poco á producir el fuego que al cabo lograba inflamar una vez aquel gélido organismo.
Antón, que al soltar la andanada había bajado la vista al suelo, como si se asustara de su propio atrevimiento, osó levantarla hasta la altura de la cara de Verónica, precisamente en el instante en que ésta llegaba al colmo de su inflamación, digámoslo así... Y lectores, preciso es confesar que á la hija de don Robustiano le iba el rubor á las mil maravillas: ¡de veras que estaba guapa con las mejillas coloradas!
Al conocerlo así Antón, no pudiendo contener la expansión de su entusiasmo, exclamó, dando al mismo tiempo dos puñetazos al sombrero que siempre conservaba respetuosamente en la mano.
—¡Doña Verónica, dígame usted que sí... ó me solivianto!
No sé qué entendería Verónica por soliviantarse en aquel caso; pero es indudable que la palabra, y también algo la acción que la acompañó, acabaron de desconcertarla... precisamente en el instante en que don Robustiano doblaba el ángulo de la calleja. Verle la atortolada muchacha, palidecer hasta lo de costumbre, escapar hacia la portalada y cerrarla detrás de sí, dejando al entusiasmado Antón con la boca cerrada y los ojos echando lumbre, fué cosa de un solo instante.
Pero don Robustiano la vió, y en el acto dedujo, así de su huída como de la actitud de Antón, que allí había pasado algo extraordinario. En consecuencia, acortó su ya bien lenta marcha y comenzó á hacer el molinete con su bastón. Al llegar junto al hijo de Mazorcas hundió la barbilla en los abismos de su corbatín, doblando el cuerpo hacia atrás al mismo tiempo, y miró al chico frunciendo el entrecejo. Entonces reparó Antón en el solariego; púsose encendido como un tomate maduro, y apartándose á un lado saludó respetuosamente á don Robustiano; pero éste, sin dejar de mirarle ni de hacer el molinete, continuó marchando inalterable y silencioso hacia su casa.
Al entrar en ella y antes de cerrar la portalada, exclamó con acento melodramático:
—¡Sol de mi estirpe! ¿habrá osado mirarte frente á frente ese baldragas?