Era por carácter don Robustiano, como se ha visto, suave, apacible y bondadoso hasta el extremo de que á su lado no hubiera habido un pobre si sus recursos le hubieran permitido ser pródigo. Ni las indispensables rencillas de vecindad, ni los manejos del ayuntamiento, nada de cuanto constituye el interés y la comidilla favorita de la gente de estas aldeas, lograba sacarle de su serena dignidad; pero que oyera anteponer un don al nombre de un plebeyo; que viera vestido con una prenda dos dedos más larga que la chaqueta á un rústico labrador; que entrara en aprensión de que su vecino no le había saludado al pasar con la debida consideración, ó que tal otro se había reído del marabú de su hija ó del escudo de su portalada... ya no dormía. Que se atreviera alguien á sostener que cuatro miserables onzas de oro valían más ó eran más dignas de respeto que todos los empolvados pergaminos del más empingorotado infanzón; que le hicieran capaz de cruzar con su sangre noble y pura la borra miserable de un destripaterrones; que, como una provocación á su augusta pobreza, osara un villano meterle por los ojos el brillo de su riqueza improvisada... ya se ponía trémulo é iracundo, y era capaz de arrojar un sillón á la cabeza del provocador. Por eso odiaba de muerte á Toribio Mazorcas. Zancajos vivía cerca del palacio, en una gran casa pintada de verde y amarillo, con recios muros de pulida sillería y elegante balconaje de hierro, respirando el flamante edificio abundancia y alegría por todas partes. La contigüidad de esta casa á la vieja, descolorida y vacilante de don Robustiano, era, en concepto de éste, un reto desvergonzado y continuo á su rancia dignidad. Por otra parte, en el pueblo era conocido el rico jándalo, más que por Zancajos, por don Toribio, que por añadidura era bromista y risotón como unas castañuelas. ¿Cómo había de sufrir en calma tan irritantes provocaciones el fanático solariego? Júzguese ahora de lo que pasaría por sus adentros cuando sorprendió á Verónica con el hijo de Mazorcas en pecaminosa plática, según las señas.

No bien entró en casa, sin detenerse en su alcoba á quitarse el sombrero y mudarse el casaquín, se dirigió al salón de Ceremonias, tomó asiento en el sillón central y llamó con voz terrible á Verónica.

Ésta, que temiéndose algo grave andaba trémula y despavorida de rincón en rincón desde que había llegado á casa, acudió al llamamiento de su padre con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas sobre el delantal.

—Míralos frente á frente,—le dijo don Robustiano señalando á los dos retratos de la pared.

Verónica obedeció, y por cierto muy satisfecha de que no se le exigiera más.

—Esa impasibilidad me tranquiliza algún tanto—pensó don Robustiano.—Y añadió en voz alta:

—Al volver de misa te he sorprendido en la calleja con ese ganapán grosero, hijo del aún más rústico jumento de oro, Toribio Mazorcas... Al verme, tú huiste despavorida y él se quedó hecho una bestia... Todo esto es muy grave, Verónica, y me vas á decir lo que significa.

Y Verónica sintió, por segunda vez en el día y en la vida, arderle la cara. Bajóla aún más, pero no contestó una palabra.

—¡Qué significa todo eso, repito!—añadió don Robustiano.

—Nada, señor padre,—contestó al fin la hija tartamudeando.