—¡Ira de Dios! ¿cómo que nada?
—Nada, señor padre.
—¡Celliscas y granizo! ¿Y esa vergüenza que te vende?... Si nada malo has hecho, ¿por qué corriste al verme? ¿Por qué ahora, cuando te lo pregunto, te pones encarnada?
—Porque como su merced está tan enfadado y es ésta la primera vez que conmigo le sucede...
—Es la verdad: jamás te he reñido, y eso te probará la magnitud del motivo de mi cólera... Así, pues, habla y no trates de engañarme: ¿qué ha sucedido en la calleja?
—Yo, señor padre, verá su merced... Venía de misa, sola, porque su merced se quedó hablando con el señor cura... y viniendo sola, al llegar á la esquina del solar de Toribio pasó su hijo y me dió los buenos días... Yo seguí, seguí hacia casa sin reparar en él siquiera... cuando va y me llama con la mayor cortesía...
—¡Fuego divino!
—¡Señor, que me asusta su merced!
—¡Cortesía! ¡Cortesía!... ¡Cortesía un zamarro como ése!... ¡Cortesía ese cerdo!...
—Sí, señor, con mucha cortesía...