—¡Acaba!
—Primeramente me dijo que tenía que pedirme un favor... y por eso me paré... Entonces, entonces me habló de que sus sentimientos por arriba, y de que si riqueza por abajo... y que yo... y mis prendas...
—¡Truenos y relámpagos! ¿Sería capaz ese camueso, rascaboñigas, de decirte galanteos... á tí, á la nieta de cien nobles?
—¡Jesús María, señor padre, si su merced se enfada tanto!...
—¡Habla! ¿Qué sucedió al cabo?
—Pues nada, señor padre, que... me habló... yo no sé de qué... porque la verdad es que no le entendí la mitad de lo que me dijo.
—¡Pero te faltó!
—No lo crea su merced, señor padre: ni una vez siquiera dejó de llamarme doña Verónica.
—Pues, hombre, hasta el extremo de negarte el don, el don que es tuyo por derecho divino, pudo haber llegado ese pendejo... Pero vamos adelante... ¿Qué más pasó? Apuesto una oreja á que te manifestó algunas pretensiones.
Verónica, al oir esto, acabó de hundir en el pecho su cara cada vez más roja. Don Robustiano saltó sobre el sillón y gritó fuera de sí: