—¡Rayos y centellas! ¿No lo dije? ¡Tú la has hecho hoy, Verónica!
—¡Señor—respondió ésta casi llorando,—puedo jurar á su merced que ni siquiera me tocó en el pelo de la ropa!...
—¡Qué ropa ni qué pelo ni qué doscientos mil demonios? Te detuvo, osó mirarte á la cara, hablarte, decirte chicoleos como á una tarasca bardaliega; él, un panojo hediondo, un rocín indecente; á tí, mi hija, la descendiente de un real trinchante y de cien señores de primer lustre. ¿Qué más agravio? ¿Qué más profanación? ¿Qué más infamia? Pero ya se ve; estamos en los tiempos de la igualdad... ¡de la canalla, digo yo! y ya no hay picotas ni parrillas para los villanos insolentes ni para los sacrílegos... ¡Verónica! tu madre, que murió al echarte al mundo, tu noble, tu ilustre madre, la única mujer digna en estas siete comarcas, por sus títulos de nobleza, de unirse á mí; tu madre, digo, no te dió ese ejemplo. Hembra denodada y majestuosa, purgó como buena, con un torozón y tres sangrías, el requiebro francés de un soldado de Napoleón: «charmante femme[8]» la dijo al pasar, y ella, indignada, aunque sin comprender la frase, á la vergüenza de aceptarla prefirió caer desplomada en mis brazos... Pero tú no te has muerto al escuchar la escoria inmunda que te arrojó al oído ese bodoque, mal criado y peor nacido... Eres hija desnaturalizada, has prevaricado y no te quiero ver delante... Vete, vete lejos de mí... y cuenta que no te pongo á pan y agua... porque eso no sería penitencia para tí.
Verónica, sin esperar á que le repitiera su padre la orden, sin alzar la cabeza y pisando corto y menudito, salió del gran salón y no se detuvo hasta la cocina.
Cuéntase que don Robustiano al quedarse solo cayó de hinojos ante los retratos de sus dos antepasados, y rodándole las lágrimas por sus enjutas mejillas, ofreció á las roídas imágenes su vida inmaculada en reparación del crimen de su hija, según él, primera demagoga en aquella larga y copetuda familia.
III
Cuatro días necesitó Verónica para poder darse cuenta de los extraordinarios sucesos que le habían ocurrido en media hora. Al cabo de ese tiempo, y cuando ya el recuerdo de los anatemas de su padre no la hacía estremecerse, analizando en todos sus detalles la escena con Antón en la calleja, llegó á sacar en limpio:
Que su vanidad de noble no se resentía ya al considerar la falta de etiqueta cometida por el plebeyo Mazorcas, en el hecho de haberla detenido y requerido de amores á la faz del sol;
Que había hecho muy mal en aturdirse tanto como se aturdió al escuchar las manifestaciones de aquél, y mucho peor en no haberle respondido con un poco de agrado;
Que Antón era un buen mozo, con los ojos así y las narices de tal modo y la boca de cuál otro;