Que todo esto lo había visto ella sin saber cómo, pues juraría que no había mirado una vez siquiera al mozo durante su conversación con él, ni hasta entonces se había parado jamás á considerarle tan al pormenor;
Que al paso que se borraban de su memoria con la mayor facilidad las iracundas expresiones de su padre, las respetuosas y suaves de Antón se le habían grabado en ella á mazo y escoplo;
Que cuanto más examinaba éstas más las quería examinar, y cuanto más quería examinarlas más le latía el corazón y le zumbaban los oídos; y, por último,
Que Antón la había dicho que consistía su felicidad en casarse con ella, lo cual significaba que la quería de veras.
En seguida se atrevió á pensar:
Que casarse con Antón equivalía, porque Antón era muy rico, á vestir y comer todo cuanto apeteciera; á salir de estrecheces y privaciones, á reir como todo el mundo; á ser el ama de una casa llena de ropa nueva y firme, y sobre todo, á dar fomento, expansión y cuerpo á aquel inexplicable sentimiento que por primera vez experimentaba en su vida; aquel rarísimo no sé qué que la hacía encontrar algo en el ruido del follaje, en el curso del agua, en el contacto del aire y en la luz del sol; algo que hasta entonces había pasado en la naturaleza inadvertido para ella;
Que una vida, como la suya hasta allí, consagrada al recuerdo triste, monótono y miserable de su rancia progenie, era una abnegación estúpida y un sacrificio estéril; al paso que compartida con la de un hombre honrado, cariñoso y pudiente, tenía que ser más útil, más placentera y más grata á Dios que se la había dado.
En fin, por pensar en todo, hasta pensó:
Que era una solemne majadería creer que un hombre valía más cuantos más timbres tenía su ejecutoria.
Como se ve, la hija de don Robustiano empezaba, aunque un poco tarde, á pagar su tributo á las leyes de la naturaleza; que Dios no formó á la mujer con el solo destino de vegetar como un helecho.