Aparte de los pensamientos que la hemos descubierto, otros síntomas exteriores mostraban bien á las claras el cambio radical operado en ella en tan breve tiempo. Una mirada viva é insinuante brillaba en sus ojos, antes yertos y apagados; animaba su boca, de ordinario marmórea y mal cerrada, el alegre perfil de la sonrisa, y el color de sus labios y mejillas no era ya el de los fúnebres blandones, sino el de las rosas de Mayo. Tampoco le causaban tedio las faenas domésticas: al contrario, se aficionó de repente al trabajo y se apasionó del aseo y del orden; y siempre en actividad y movimiento, la antigua rigidez de su talle se trocó en agradable y hasta elegante flexibilidad.
Dormía poco y soñaba con Antón; y no bien oía un cantar en la calleja, ya estaba atisbando por las rendijas de las ventanas para ver y oir si la cantaban á ella y si el que cantaba era él... Por de contado que para esto, y hasta para pensar, se ocultaba de su padre, que desde la escena consabida la trataba con la severidad más implacable.
Entre tanto Antón, á quien dejamos más atrás saludando á don Robustiano después de haber declarado su atrevido pensamiento á Verónica, al ver cómo ésta le abandonó á lo mejor, cuando él aguardaba de sus labios una palabra digna del emperejilado discurso que ya conocemos, sintió crecer más y más su entusiasmo por la solariega, y juró que había de llevar adelante la empresa, ó de «finiquitar» en ella.
En consecuencia de sus firmes propósitos... Pero atiendan ustedes, y perdonen, que donde hay hechos están de más los comentarios.
Era una tarde del mes de Agosto.—Pesados, plomizos nubarrones avanzaban casi tocando las cumbres de las altas montañas que limitaban el horizonte de la casa de don Robustiano; las hojas de los castaños que la circundaban no se movían; los vencejos se cernían y revoloteaban sobre el campanario de la aldea, como si jugaran á las cuatro-esquinas; el aire que se respiraba era tibio, el calor, sofocante. De vez en cuando se rasgaban los nubarrones, y una rúbrica de fuego, precursora de un sordo y prolongado trueno, daba fe de que se estaba armando por allá arriba el gran escándalo: los obreros se apresuraban á hacinar en la mies la yerba, segada y seca; el ganado suelto se arrimaba á los bardales de las callejas, y los perros, con las orejas gachas y rabo entre piernas, á un trote menudito tornaban á sus corraladas respectivas á roer un hueso el que había tenido antes la suerte de robarle, ó á lamerse las patas ó echar una siesta los menos afortunados, al amparo de una pértiga ó de un montón de junco seco, mientras pasaba la ya próxima tormenta.
Don Robustiano y Verónica contemplaban estos síntomas con un miedo cerval, y al oir el cuarto trueno cerraron todas las puertas y ventanas de la casa. Siguiendo la costumbre establecida en ella en lances de tal naturaleza, Verónica corrió á buscar el libro del Trisagio y la vela de los truenos—cuya virtud consistía en ser una de las empleadas en alumbrar el Monumento en Semana Santa,—y entregó ambas cosas á su padre. Éste sacó de un haz de pajuelas una á medio quemar, y se dirigió con ella á la cocina, seguido de Verónica, que no se atrevía á estar sola en ninguna parte de la casa. Arrimó con mucho tiento la pajuela á las brasas y después á la vela, y ésta quedó encendida á vueltas de tres estonudos del pobre señor, á cuyas narices llegaba sofocante y nauseabundo el humo del infernal amasijo.
Y porque no se me tache de demasiado minucioso, al llegar aquí, por algún lector impaciente, debo advertir:
1.º. Que don Robustiano había jurado no admitir en su casa, rancia y apegada á los viejos usos, los fósforos de cerilla, ni siquiera los de cartón, por ser uno de los modernos inventos que más caracterizaban el espíritu de la época.
2.º. Que si encendió la pajuela en las brasas y la vela en la pajuela, y no la vela en los tizones directamente, fué porque siendo la llama de éstos más fuerte que la de la pajuela, derretía la cera que se le aproximaba mientras á fuerza de carrillo prendía el pábilo, y la cera costaba cara.
Queda, pues, demostrado que los pormenores consabidos no están á humo de pajas y sin su razón de carácter en el sitio en que los puse. Y ahora prosigo.