Encendida la vela, puso don Robustiano delante de la llama, trémula y escasa, la palma de su mano á guisa de pantalla, y marchó carrejo adelante á paso de procesión, siempre seguido de Verónica, hasta su alcoba, en la que había, como se recordará, una imagen de Santa Bárbara. Hincáronse ante ella padre é hija, después de colocar la vela en un candelero de metal amarillo; abrió don Robustiano el libro de oraciones, y dijo santiguándose:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—Amén,—contestó desde la puerta de la alcoba una voz robusta.

—¡Jesús, María y José!—gritaron padre é hija, pensando que algo sobrenatural ocurría allí.

Y cuando se atrevió don Robustiano á mirar hacia atrás, se halló con su vecino Zancajos apretándose los ijares y riendo á más y mejor.

—¡Bárbaro!—rugió colérico el solariego poniéndose de pie.

—¿Qué será esto?—pensó Verónica al ver en su casa y tan inesperadamente al padre de Antón.

—¡Tú sólo eres capaz de eso, animal!—añadió don Robustiano echando espumarajos por la boca.

—¡Ja, ja, ja!—reía cada vez con más ganas el intruso.

—¡¡Toribio!!