—¡Ja, ja, ja!
—¡Zancajos de los demonios! ¿Vienes á provocarme á mi propia casa?... Y ahora que me acuerdo, ¿cómo has entrado en ella, bandido?
—Aprovechando la salida de la obrera ó sirvienta... ó lo que sea esa bruja chismosa que está siempre metida aquí... Llegaba yo con ánimo de visitar á ustedes; ví que se abría la puerta y me colé, porque dije: si dan en no abrir, por más que yo llame no asomo al corral en todo el santo día de Dios.
—En mi casa no entra nadie sin mi permiso.
—Lo sé muy bien, señor don Robustiano.
—Entonces...
—Pero hay casos...
—Acabemos: ¿qué morcilla se te ha roto aquí? ¿Qué tienes que decirme?
—Poco y bueno.
—¿Bueno y tuyo? ¿Y qué haces callado?