—Esperando á que usted me deje hablar... Como se me ha hecho un recibimiento tan suave...
—El que merece un hombre que se introduce como tú en el hogar ajeno.
—¡Ja, ja, ja!
—¿Otra vez, Toribio?
—Perdone usted, don Robustiano, que soy muy tentado de la risa...
—¿Acabas ó no? ¿Qué es lo que tienes que decirme?
—Si doña Verónica nos dispensa el favor de dejarnos solos un instante...
—Mejor será que la dejemos nosotros á ella. Así como así, ya que el diablo te pone á mis alcances, no quiero que te vayas sin llevar las orejas calientes á propósito de cierto asunto. Vente conmigo.
—Adonde usted quiera, don Robustiano.
Toribio Mazorcas se puso en seguimiento del solariego, que le condujo al salón de Ceremonias, cerrando, cuando en él estuvieron, la puerta, á la cual se pegó por fuera Verónica como una lapa, no tanto por el miedo que tenía, como hemos dicho, al quedarse sola durante la tormenta, cuanto por escuchar la conversación por el ojo de la cerradura.