Vestía Zancajos un rico traje obscuro, de corte medio entre el de caballero y el de hombre de pueblo, brillando entre los rizos de la chorrera de su camisa los gruesos eslabones de una cadena de oro que salía después sobre el pecho y bajaba en dos grandes ramas á perderse en uno de los bolsillos del chaleco; calzaban sus enormes pies brillantes botas de charol, y llevaba en la mano un recio bastón de caña de Indias con puño y contera de oro.
Ninguna de estas prendas pasó inadvertida para don Robustiano; antes al contrario, las examinó de reojo una á una y sintió con indignación herirle las pupilas los rayos de tanto lustre, porque los consideró, según costumbre, como un insulto á su descolorida pobreza. Y como en situaciones análogas era cuando más irritada se erguía su vanidad, tomó asiento con aire majestuoso en el sillón de los blasones y dejó delante de él y de pie al rico Mazorcas que, como hombre de buen humor, se reía de aquellas debilidades.
—Habla,—le dijo el solariego ahuecando la voz.
Mas antes que Toribio desplegase los labios, dejóse oir un trueno horrísono que hizo temblar el pavimento.
—¡Santa Bárbara bendita!—exclamó don Robustiano cubriéndose la cara con las manos.
—Que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita
en el ara de la Cruz,
líbranos. Amén, Jesús;
concluyó Verónica desde su escondrijo, dando diente con diente.
—Esto pasará, don Robustiano,—dijo Mazorcas.
—¡Ya habría pasado si nos hubieras dejado rezar el Trisagio en paz y en gracia de Dios!
—Si es por eso, ya lo estamos rezando, que precisamente me le sé de memoria desde que era tamañico... Y si no, escuche y perdone: