«El trisagio que Isaías
escribió con grande celo,
le oyó cantar en el cielo
á angélicas jerarquías...».
—¡Toribio!... No te burles de las cosas santas, ya que las mundanas te merecen tan poco respeto.
—Yo no me burlo, señor don Robustiano; que, á Dios gracias, soy hombre de mucha fe.
—En fin, alma de Satanás, ¿qué es lo que quieres?
—De hacerlo saber trato... y en pocas palabras.
—Dios lo quiera.
—Yo, don Robustiano, aunque hombre de baja estofa, como ustedes dicen, sin más educación que el dalle y el ariego, supe, á fuerza de sudores y paciencia, ganarme honradamente, en Andalucía, un caudal más que regular.
—Y á mí, ¿qué me importa eso?
—Algo puede importarle.
—Ni tanto como una castaña, menos que un alfiler, para que lo sepas, ¡farsantón!