—No hay que tomar así las cosas, don Robustiano, que yo vengo de paz; en casos como éste es cuando debe hablarse con toda claridad, y lo que dejo apuntado no va en otro concepto. Digo que soy bastante rico, y añado que soy viudo, que pico en viejo y que por aquello de que «el joven puede morir, pero el viejo no puede vivir», y por lo de que «antes va el carnero que el cordero», todos mis haberes han de pasar bien aína á manos del único hijo que tengo.
—Á propósito: ese hijo es un facineroso.
—Creo que está usted equivocado, don Robustiano: Antón es un gran sujeto, nada tonto y muy cariñoso.
—Repito que es un bandido.
—Sostengo que usted le calumnia.
—Me ha inferido un agravio.
—Eso ya es otra cosa; y si fuera cierto, podía usted contar con que el ser mi hijo no le libraría de que yo le virase la jeta de un sopapo. Conque dígame usted cómo le ha agraviado.
—Osando elevar sus ambiciones hasta mi hija.
—Eso no es agravio.
—¡Impío!