—Lo dicho. Y tan no lo tengo por tal, que hablarle á usted de ese asunto es lo único que aquí me trae.
—¡Hola!... Según eso, ¿vienes tú á remachar el clavo?
—¿Quiere usted dejarme acabar de explicarme?
—Sigue, sanculote; acaba, francmasón.
—Agradeciendo, señor don Robustiano. El caso es que tanto yo como mi hijo, ya que los medios lo permiten, nos hemos propuesto dar, en él que es joven, robusto y generoso, base, cimiento y entronque á una familia á la usanza de las ricas del día; queremos que fenezcan la chaqueta y los terrones en mi generación y que de ella en adelante aparezcan otras más lucidas; vamos, que, á ser posible, nazca desde hoy la gente de mi casa con la levita puesta, como el otro que dice.
—Y ¿piensas, ganapán, groserote, que á un señor le hace la levita? ¿Piensas que basta rascarse la boñiga de las manos y echarse un puñado de onzas en el bolsillo y una cadena de oro al cuello, para quedar convertido en un personaje de calidad? Pero, señor, ¡á esta canalla del día, á esta caterva de jacobinos se le figura que hasta la ley de Dios está también al capricho de sus infames ambiciones!
Y al decir esto estalló un trueno aún más fuerte y prolongado que el anterior. Á sus vibraciones temblaron hasta los viejos cuadros de la pared. Don Robustiano se encogió como un ovillo, y el mismo Zancajos no se creyó muy seguro bajo aquellos carcomidos techos.
—¿Lo oyes, Voltaire?... ¡Hasta la cólera divina te amenaza!—exclamó don Robustiano abriendo los ojos después que cesó el trueno.
—Lo que yo oigo—respondió con sorna Toribio,—es que truena, y lo que veo es que esto se tambalea, lo cual lo mismo puede significar una amenaza para mí que un aviso para usted.
—¿Un aviso para mí? revolucionario, ¿para mí? Y ¿por qué?