—Porque esto se va, don Robustiano, y es una lástima que por una vanidad mal entendida se queden ustedes á la luna de Valencia el día de mañana, ó aplastados debajo de un montón de escombros, como sabandijas, que aún será peor.
—¿Qué quieres decir, bandolero?
—Que nosotros, no los impíos como usted cree (y yo se lo perdono), ni los bandoleros, ni los jacobinos, sino los hombres de bien, creyentes y laboriosos, que á fuerza de trabajo hemos hecho una fortuna; que nosotros, repito, somos los llamados á afirmar estos escudos que se caen de rancios, y estos techos minados por la polilla; á hacer producir esos solares yermos y á llenar de ruido y de alegría el hueco de estos salones ahumados, que ya no tienen nada que hacer de por sí desde que feneció la reina Maricastaña.
—¡Jesús... Jesús mil veces!! Y no hay un rayo que... ¡Dios me perdone! Una centella... ¡Ave María purísima!... Pero sigue, sigue, Robespierre; continúa, desollador: quiero ver hasta dónde llega tu sacrílega osadía.
Todo esto lo dijo don Robustiano revolviéndose iracundo en el sillón, castañeteando los dientes y apretando los puños.
Zancajos continuó después de sonreirse:
—Yo, como ya he dicho, tengo mucho dinero.
—¿Otra vez las talegas, fanfarrón? ¿Otra vez me provocas, jandalillo aceitero?
—Digo que tengo mucho caudal.
—¡Y dale!