—Que tengo muchos monises, pero nada más.

—Ya se te conoce.

—Y quisiera, á costa de lo que me sobra, adquirir lo que me falta; quisiera hallar para mi hijo una colocación que no se pareciera en nada á estas mocetonas rústicas de la aldea, ni tampoco á las pisonderas relamidas, damiselas de la ciudad... quisiera, pinto el caso, una solariega pobre...

—¡San Robustiano bendito!

—Una solariega pobre que se hallara dispuesta á apuntalar las fachadas de su palacio con los montones de ochentines ganados en la taberna de Sevilla.

—Te veo, Iscariote.

—Ella sería siempre una señora; descansaría á la sombra y sobre bien mullidos sillones, y dejaría obscuro al sol con las galas que Antón la echara...

—Sigue, sigue...

—Saldría á ver un poco el mundo, si le daba la gana; educaría á sus hijos en el temor de Dios y á la altura de las necesidades del día...

—¡Echa, echa, hijo de una perra!