—Y con tal que quisiera bien á su marido y se creyera muy honrada con él...
—¡Vamos... con franqueza, hombre, pide por esa boca!
—En conclusión, don Robustiano: mi hijo y yo hemos pensado para el caso en doña Verónica, cuya mano vengo á pedirle á usted para Antón.
Verde, amarilla, azul... de veinticinco colores se puso la cara del orgulloso solariego al oir las últimas palabras de Zancajos; y ya se disponía, no sé si á tirarle con un mueble ó á llamar en su auxilio todas las furias del averno, pues de ambas cosas tenía trazas, cuando el salón, que poco á poco había ido quedándose medio á obscuras con la intensidad del nublado, vióse súbitamente iluminado por una luz fatídica y fosforescente: los próximos castaños doblaron rugiendo sus pesadas copas; se abrieron con estrépito las puertas del balcón; estalló en los aires un trueno despatarrado, es decir, según el diccionario montañés, agudo, estridente, como si el cielo fuera una inmensa lona y la rasgasen á estirones desiguales dos gigantes enfurecidos; las nubes se desgajaron, y el huracán, arrollando en su ira potente mares de agua y pedrisco, inundó con ello valles, callejas y tejados... y el del achacoso palacio lanzó un quejido lúgubre, aterrador, como si, rindiéndose á la pesadumbre de los años y al furor de la tempestad, gritase á sus cobijados: «¡Sálvese el que pueda, que yo me hundo!»—Todo esto junto sucedió en brevísimos instantes.
Verónica, que aguardaba con afán la respuesta de su padre á la demanda de Toribio, lanzó un grito; don Robustiano dos, y Zancajos un ¡zambomba! que valió por diez; y acto continuo los tres personajes, atropellándose unos á otros, salieron despavoridos al corral.
Allí, guarecidos de la lluvia bajo la teja-vana, estuvieron largo rato esperando á que se desplomaran los últimos restos de la grandeza de don Robustiano. Qué angustias pasaría este desdichado en aquella situación, durante la cual no se atrevió á abrir los ojos, no hay para qué decirlo. Si el techo se hundía, ¿qué iba á ser de él? ¿adónde iba á parar su pobre, pero altiva independencia?
Pasó media hora, y pasó también el furor de la tormenta. Don Robustiano empezaba á creer que el crujido que les hizo huir del salón no procedía de ninguna lesión grave sufrida por su palacio, y ya se iba serenando su ánimo y hasta se había atrevido á abrir los ojos, cuando, después de mirar y remirar el edificio, exclamó señalando á un punto del tejado:
—¡Qué horror!
—Hace media hora que lo estoy viendo yo—dijo Mazorcas.—¡Y si fuera eso sólo!...
—Pues ¿qué más hay, hijo de Lucifer?