—Mire usted debajo del alero, junto á la puerta del balcón.
—¡Dios de bondad!
Lo que veían don Robustiano y Toribio era una enorme quebradura en la cumbre del tejado y una grieta tremenda en la pared de la fachada principal.
La pobre Verónica lloraba; su padre hacía pucheros. El rico Mazorcas, profundamente conmovido, se atrevió á decirles:
—Ya no deben ustedes pensar en dormir en esta casa; y para remediar el mal en parte, les ofrezco la mía de todo corazón.
—¡Primero la cárcel!—replicó iracundo el fanático solariego.
—Muy mal pensado, don Robustiano: es mucho más cómoda mi casa, donde nada les faltará á ustedes mientras ésta se repara... y pongo también para ello mi dinero á su disposición.
—¡Yo no pido limosna!
—Ni yo se la ofrezco á usted, señor don Robustiano.
—Aún me queda por ahora esa glorieta.