—Es cierto; pero ese garito no tiene desahogo suficiente, ni siquiera el preciso abrigo.
—Y á tí ¿qué te importa?
—Nada, si usted quiere; pero, francamente, me da lástima verle á usted, en una situación como ésta, andarse todavía reparando en pelillos y respirando por esa condenada herida de señorío.
—¿Aún tienes humor para provocarme, carbonero?
—No, señor: lo que tengo es afán de que usted comprenda para in sæcula que por aquella grieta de la pared se ha largado ya la poca grandeza que en casa le quedaba.
—¡Vete tú de ella, corsario! ¡Sal de mi corralada, salteador!
—Sí que me marcho, y sin enfadarme, don Robustiano; y en prueba de ello, otra vez le ofrezco, sin plazo ni réditos, el dinero necesario para reparar los estragos de la tempestad.
—¡Primero la unción que tu dinero!
—¡Bah!... Piénselo usted en calma... y no olvide tampoco mi otra proposición, que usted me dará las gracias algún día... y usted también, doña Verónica.
—Señor padre, dígale su merced que sí,—se atrevió á murmurar la pobre muchacha en tono suplicante, aludiendo, en verdad sea dicho, más á la proposición matrimonial que á la otra.