—¡Un rayo que le parta!—gritó convulso don Robustiano.—¡Dejadme en paz!

—Voy á complacerle á usted. ¡Salud, don Robustiano! Adiós, doña Verónica.

—Vaya usted con Él, don Toribio,—respondió afectuosamente la solariega.

—¡Don... alforjas! ¡don marrano! digo yo, ¡hembra perversa!—exclamó don Robustiano fuera de sí al oir á su hija dar semejante tratamiento á un hombre tan vulgar como Zancajos.

Entre tanto, éste salió del corral entre risueño y apenado: risueño, porque para un carácter como el suyo siempre ofrecían un deleite sabrosísimo las rabietas aristocráticas de don Robustiano; apenado, porque como hombre de buen sentido y excelente corazón, se condolía de la tenacidad del señorón que se sacrificaba lastimosamente, con cuanto le pertenecía, en aras de una mal entendida dignidad, rechazando obstinadamente á la fortuna que llamaba á las puertas de su casa.

IV

Cuando se quedaron solos don Robustiano y Verónica, dió el primero rienda suelta á sus lamentaciones y tomaron mayor cuerpo los sollozos de la segunda. Con aquel rudo golpe de la adversidad no había contado nunca el vanidoso Tres-Solares, que pensó llegar al sepulcro con la misma altiva aunque pobre independencia que halló al venir al mundo. ¡Todo lo había perdido en un solo instante! Todo, porque el pabellón que le restaba sólo podía aceptarse como habitación interinamente, y eso con grandes dificultades: era su capacidad mezquina, y no bien entrase el otoño daría tanto dormir allí como al raso en la llosa más desabrigada.

No había, pues, otro remedio que reparar las averías del palacio, cuyo techo podía desplomarse de un momento á otro; y para esto se necesitaba dinero, precisamente lo que á don Robustiano le faltaba; y para adquirirlo tenía que vender las tierras y el molino, del cual modo tendría casa... pero no tendría qué comer; y para tenerlo había que renunciar á las reparaciones, lo cual equivalía á condenarse á vivir á la intemperie, que aún era peor que morirse de hambre.

Todas estas consideraciones, en esta misma forma y en un momento, asaltaron la imaginación del atribulado señor antes que saliera de la teja-vana. En seguida, como el caso era apremiante, se resolvió á habilitar la glorieta con los muebles y ropas que, acto continuo y entre sustos, carreras y toda clase de precauciones, sacaron Verónica y él de la antigua morada.

Cuando fué hora de acostarse, don Robustiano renunció á este placer: prefirió pasar la noche en vela y dando vueltas por la angosta habitación (que el pudor de Verónica había dividido con una colcha, dos palos y cuatro tachuelas), buscando en su imaginación el medio de procurarse, con la decencia, el decoro y la dignidad que á su clase convenían, aquellos ochavos viles que con tanta urgencia necesitaba. Desde luego desechó el recurso de la venta de su escasa hacienda. El de un préstamo le pareció más aceptable. Pero ¿á quién se le proponía? ¿Á Toribio? Antes el hambre, el frío y la misma muerte. En los demás convecinos no había que pensar: eran míseros colonos de Zancajos, ó ricachos tan ordinarios como él. El señor cura que, como en confesión, podría hacer el anticipo sin que ni los pájaros le olieran, necesitaba la cortísima paga que le daba el Estado para no morirse de hambre. El Ayuntamiento ya era otra cosa: éste era indudablemente, entre todos los prestamistas, el menos indigno de él, pues al fin y al cabo era una entidad, oficialmente, de alta significación, por más que en detalles individuales fuera bien despreciable. Pero ¿podría el Ayuntamiento meterse á prestamista? Y si podía, como mero administrador de ajenos caudales, ¿no sería más exigente que nadie en precauciones y garantías? Y si le exigía una de éstas, ¿debía él humillarse á concederla? Y si se humillaba, ¿la encontraría? Las tierras y el molino le bastaban para ello; pero, vencido el plazo del préstamo, ¿con qué le pagaba si había de comer hasta entonces? Y si no pagaba y le vendían lo hipotecado, ¿con qué comía en adelante?... Y siempre girando en este estrecho círculo de hierro, don Robustiano perdía la cabeza y sudaba la gota gorda. «¡Oh siglo perro y desquiciado, ladrón y materialista, que ves mi afán y no te conmueves ni te abochornas!» clamaba entre iracundo y afligido el mísero, como si el siglo tuviera la culpa de lo que á él le sucedía.—Y en cuanto se calmaba un poco, tornaba á discurrir y volvía á tropezarse con los dos fatales extremos: no comer, ó la humillación de pedir; más claro: el hambre ó el dinero de Zancajos.—«Vea usted,—decía retrocediendo ante estas dos conclusiones, como si fueran puntas aceradas que le hiriesen el rostro,—vea usted cómo sería muy útil que todos los hombres de mi jerarquía estuviéramos unidos en estrecha alianza. De este modo podríamos hacer frente á ciertas eventualidades y reirnos descuidadamente de la tendencia artera y demoledora de la canalla impía que nos estima en poco y nos acorrala como á bestias despreciables... Pero en lances como el que á mí me ocurre hoy, ¿tendríamos la abnegación suficiente para confesar á los demás una necesidad tan perentoria? El orgullo de estirpe, ¿sería capaz de tanto sacrificio?... ¿Cómo dudarlo? En la triste alternativa de demandar una... sí, señor, una limosna á un tabernero soberbio y presuntuoso, ó de reclamar el auxilio generoso de un hombre de calidad, no cabe vacilación. Por otra parte, la ropa sucia, dice el proverbio, debe lavarse en casa... Es indudable que yo debía acudir con mis cuitas á las rancias familias del país. ¿Pero querrán ampararme? ¿Podrán, acaso, aunque quieran? La verdad es que entre nosotros ha habido siempre unas prevenciones, unos odios tan sistemáticos y tan tenaces... Luego tantas sospechas de que no tengan esos señores más lucido pelaje que yo!... También es cierto que no tratamos aquí de que, por llegar, me llenen los bolsillos de monedas... ¡Me guardaría yo muy bien de manifestar á nadie mis apuros de sopetón! Por de pronto, me limitaría á ir tanteando el terreno y preparando las voluntades, y después... después ¡qué diablo! me quedaría siquiera el consuelo de desahogar con alguno esta angustia que me mata».