Y revolviendo en su magín don Robustiano razonamientos por el estilo, acabó por aceptar la conveniencia de recurrir, cuando menos, al consejo de un hombre de los suyos. En seguida procedió á formarlos á todos en su memoria y á pasarles la necesaria revista para elegir el más conveniente. Por supuesto que no conocía á ninguno de ellos de trato, ni siquiera de vista, y sólo por noticias de su padre; pero él creía que, para el caso, esta circunstancia importaba muy poco. He aquí el resultado de su tarea.—Diez familias habían sido enemigas mortales de la suya, unas por razón de intereses, otras por puntillos de etiqueta y otras por cuestión de carácter; del paradero de otras tantas no tenía la menor noticia; le constaba que otra media docena de ellas se habían extinguido por completo, y que algunas estaban reducidas á una vieja solterona ó á un celibato memo. Solamente halló una que no le desanimó del todo: una familia cuyas íntimas y cordiales relaciones con la de él habían durado hasta la época de su abuelo inclusive. Verdad es que desde entonces no habían vuelto á comunicarse directa ni indirectamente, los representantes de ambas; pero esto no era un obstáculo para los planes de nuestro solariego, pues éste, como hombre de calidad, antes de reparar en pelillos semejantes, debía atenerse á lo que la historia y la tradición le enseñaban en muy diverso sentido. Atúvose, pues, á ello, y se resolvió á encomendar sus amarguras al consejo, á la protección... ó á lo que saliera, de esa familia, única, ciertamente, con que podía contar entre todas las contenidas en el largo catálogo de las nobles de la Montaña. Debo advertir que sabía de ella que su actual representante se llamaba don Ramiro, y que tendría su edad próximamente; que vivía en un pueblo bastante cercano del suyo; que estaba casado con una hidalga de lo más rancio y blasonado del país, y que el lema de sus armas era, entre todos los lemas de escudos montañeses, el único que casi podía competir con el de los Tres-Solares. Decía así:
«Á un Rey hicieron merced
Y con Infanta casaron,
Y al mismo sol dieran lustre
Los que esta casa fundaron».
En consecuencia de su resolución, en caliente y antes que vacilase su voluntad, apenas amaneció mandó que cazasen el caballo, que con la pasada tormenta había ido á parar á los quintos infiernos; hizo que después de cogido se le diera el indispensable frote de garojo; preparó Verónica de prisa y corriendo una muda blanca, y con todo el ceremonial que conocemos cabalgó don Robustiano á las diez de la mañana. Atravesó seis callejas, dos sierras y un monte; y á la bajada de él y en medio de un centenar de robustas encinas, se detuvo delante de una portalada tan vieja y tan blasonada como la suya. Era la de la casa de don Ramiro. Llamó su paje, abrió un jayán de mala traza y mandó al tal que le anunciara á su amo.
Mientras éste salía, echó una mirada desde el corral al exterior de la casa, y no le encontró mucho más lucido que el de su palacio. Tomó en cuenta este dato y no se las prometió muy felices para sus pretensiones, por lo que hacía al auxilio directo de su colega. Pero, en cambio, con este convencimiento se sintió más animoso para tratar á don Ramiro con cierto desparpajo, y esto le consoló hasta cierto punto.
Entre tanto, don Ramiro, sorprendido con la noticia de la llegada de don Robustiano y careciendo de tiempo para ponerse su traje de etiqueta, se echó encima una especie de balandrán de cúbica para tapar de un golpe sus muchas pasadas y transparencias de diario, y bajó al portal haciendo al recién llegado las mayores cortesías.
—¿Tengo el honor de hablar al señor don Ramiro Seis-Regatos y Dos-Portillas de la Vega?—le preguntó, apeándose, don Robustiano.
—El honrado soy yo, señor don Robustiano,—contestó don Ramiro doblándose más y más.
Entonces el primero tendió su diestra al segundo, y
—Salvo el guante,—le dijo, aludiendo á uno con que la cubría, viejísimo y bordado con tres filas de lentejuelas por el dorso.
—La acepto y correspondo,—dijo Seis-Regatos apretándosela mucho.