En seguida introdujo á su huésped en casa, mandando al paje á la cocina y disponiendo que se encerrase el caballo en las caballerizas. Nada se habló de almuerzo para el primero ni de pienso para el segundo.
Las piezas que recorrieron los dos solariegos hasta llegar al estrado en que se detuvieron, no merecen el trabajo de una especial mención, porque ninguna de ellas podía echar grandes roncas á las del palacio de don Robustiano. En cuanto al estrado, también corría parejas, en tamaño y conservación, con el salón de Ceremonias que conocemos. Pero no tenía retratos como éste. En su defecto, había un reló de caja, muy antiguo, y un trofeo compuesto de dos sables corvos, una espada de cazoleta, un cuerno de caza y dos cuchillos de monte. Por todo mueblaje, el indispensable sillón de vaqueta, con las armas talladas de la familia, y cuatro sillas de paja en muy mal estado.
Don Robustiano apreció también el valor de todo aquello que, por el sitio que ocupaba, tenía que ser lo mejorcito de la casa, y dedujo que se las había con un personaje tan tronado como él.
Por su parte, don Ramiro había tenido tiempo suficiente para examinar el hábito de su huésped, y se convenció bien pronto de la exactitud de las noticias que tenía acerca de los medios de fortuna de don Robustiano.
Tomaron asiento los dos señorones, y dijo el de casa:
—Ante todo, debo manifestar á usted mi pena por no poderle presentar á mi esposa é hijas, porque están en la Iglesia desde esta mañana.
—¡Te veo!—pensó don Robustiano.—Apostaría una oreja á que están escondidas en algún rincón por falta de vestido con qué presentarse delante de mí como conviene á su clase.—Y en voz alta respondió:—Su señora esposa de usted y sus señoras hijas, todas muy señoras mías, están siempre cumplidas con este humilde servidor, señor don Ramiro.
—Mil gracias en nombre de ellas y en el mío, señor don Robustiano. Y ¿á qué debemos la honra de tan agradable visita?
—La honra es mía, señor don Ramiro; y en cuanto al objeto de mi visita, es pura y simplemente el deseo de conocer personalmente al noble nieto del gran amigo de mi señor abuelo.
—¡Cuánto celebro esa ocurrencia que me proporciona á mí el placer de estrechar su mano y de ofrecerle mi cordial amistad!