—Que yo acepto con todo mi corazón, señor don Ramiro, lamentándome de no haber puesto en ejecución muchos años hace el pensamiento que realizo hoy. Pero usted sabe, por propia experiencia, cómo en los hombres de nuestra condición llegan á hacerse los hábitos una segunda naturaleza. Se aísla uno, se retrae y, metido en su cáscara un día y otro y un mes y un año, ya no acierta á salir de la portalada la vez que se lo propone. Así es que yo, aunque siempre con el afán de estrechar la mano de usted, jamás he podido lograr una ocasión que me pareciese bastante oportuna para ello.
—Lo mismo, poco más ó menos, me ha sucedido á mí con respecto á usted.
—¡Vaya si lo creo!
—Y ¿cómo logró usted hoy vencer tanta pereza?
—Pues le diré á usted, señor don Ramiro: voy siendo ya muy viejo; llevo muchos años de retiro y de devorar en silencio la pena, por no decir despecho, que me causa el desdén y menosprecio con que mira el siglo que corre á los hombres de nuestra procedencia; y me he dicho: «¿será posible que yo me muera sin el placer gratísimo de desahogar mi pecho junto al del hombre en quien se reconcentran todos mis afectos amistosos, sin decirle: he aquí vinculada en este corazón toda la lealtad con que fué adicta á tu familia durante siglos enteros la mía?» Y con tal fe me lo dije, don Ramiro; tan ardiente llegó á ser mi deseo, que en el acto monté á caballo... y aquí me tiene usted.
—Ese rasgo le enaltece á usted, don Robustiano; y, en recíproca, puedo, á Dios gracias, brindar al insigne Tres-Solares con toda la adhesión y sincero cariño de cien generaciones de Seis-Regatos.
—¡Líbreme Dios de ponerlo en duda! Y ¡ojalá que todos los buenos de la Montaña hubiéramos seguido siempre y para todo esta misma conducta entre nosotros! ¡Otro gallo nos cantara hoy!
—¿Usted lo cree así?
—¿No he de creerlo? ¿Acaso usted lo duda?
—No tal; pero...