—No hay pero, don Ramiro. Es á todas luces evidente que una estrecha y cordial inteligencia entre todos los nobles de cada país, nos hubiera dado una fuerza considerable. Lo vulgar, lo nuevo, lo ilustrado, como ahora se dice, nos desecha, nos acoquina: agrupémonos, apoyémonos mutuamente; y de este modo, si no logramos vencer el torrente desbordado, podremos, separándonos de él, vivir en un remanso aparte con nuestros recuerdos, nuestras ideas y nuestros mutuos auxilios. ¿Quién de nosotros está exento de una adversidad, de un golpe de la desgracia? Usted vive hoy tranquilo y descuidado en el seno de su familia, al calor de su hogar; y ya que el siglo no puede arrebatarle derechos y preeminencias que valían pingües maravedís, porque todos se los tiene ya por allá á muy buen recaudo, el tizón de un villano, el rayo de una tempestad le aniquilan el techo venerable de sus mayores. Las rentas son escasas (pongo un ejemplo), suprimidas las obvenciones y privilegios de mejores tiempos; la familia exige atenciones que no se pueden cercenar: ¿con qué se repara el inesperado siniestro? ¿Ha de profanar usted sus timbres de nobleza, ha de injuriar las augustas tradiciones poniéndose á especular como un judío, ó á labrar la tierra como un miserable ganapán? No, seguramente. ¿Ha de aceptar la humillante limosna de un rústico filántropo? Mucho menos. ¿Ha de vender sus blasones por un puñado de oro? ¡Qué horror! El Estado, entre tanto, hace como que no le ve y aparenta que no le necesita: ¿qué partido toma usted en el supuesto infortunio? He aquí dónde está indicada la necesidad de un mutuo auxilio entre todos nosotros.

—Magnífico sería eso, don Robustiano; pero equivaldría á quitarnos uno de los rasgos que más nos han distinguido siempre: el hacernos capaces de esa fraternal unión. Precisamente la discordia ha sido entre las familias de calidad el pecado más común.

—Pecado sublime, pecado magnífico, señor don Ramiro, en los tiempos de nuestra grandeza; porque, teniéndonos en perpetua rivalidad, fructificaba en grandes empresas que redundaban en honra de la clase y lustre de la nación. Pero hoy es distinto: hoy somos pocos, estamos sin fuerzas y nos aqueja un infortunio común. Y pues no podemos vivir como señores, debemos tratar de no morir como esclavos.

—Veo, don Robustiano, que usted no se ha convencido aún de una triste verdad.

—¿De cuál?

—De que ya pasó nuestro tiempo; de que estamos de sobra en el mundo, y es una quimera soñar en alianzas, y menos en restauraciones; de que no hay más remedio que entregarse á discreción...

—¡Cómo! ¿Sería usted capaz de transigir con las tendencias del siglo?

—Hombre, así tan en absoluto...

—Luego ¿transigiría usted en algo?

—Según y conforme.