—Precisemos más el asunto. Supongamos que mañana se presenta en casa de usted un zascandil cualquiera, un tabernerillo rico, como quien dice, y le pide una hija en matrimonio: ¿se la concedería usted?

—Señor don Robustiano, si el rico tabernero fuese honrado... Pero me pone usted un ejemplo de difícil solución, porque como no me he visto en el caso supuesto y no puedo prever las circunstancias en que me hallaría entonces y las que adornarían al tabernero...

—¿Es decir, que me concede usted la posibilidad de admitir en su familia un injerto semejante?

—Perdone usted, don Robustiano, que hasta ahora ni he negado ni he concedido nada sobre el asunto. Mas ya que de ejemplos se trata, suponga usted, por su parte, que yo me muero de hambre; que tengo muchas hijas; que un tabernero rico me pide una; que yo se la niego porque me llamo Seis-Regatos y Dos-Portillas de la Vega; que real y efectivamente me muero mañana, y que mi familia, sola y miserable, va extinguiéndose poco á poco entre congojas de hambre y estremecimientos de frío. ¿Qué objeto tienen estos sacrificios, quién me los agradece, quién los recompensa? ¿El mundo? El mundo ó no los ve, ó se ríe de ellos; porque, créalo usted, don Robustiano, risa es lo que inspiran muchos actos que á nosotros nos cuestan lágrimas. ¿La historia? No hemos de merecerle una triste mención. ¿Nuestros antepasados? Dan su descendencia por acabada, pues dos docenas de individualidades arrinconadas, carcomidas y sin prestigio que lucir ni destino que llenar en la tierra, no alcanzan á preocupar ni por un momento los manes venerandos de aquellos ilustres progenitores. ¿Nuestra conciencia? Á mí me dice la mía que cuando las mundanas vanidades no tienen un objeto transcendental é inmediato, es hasta un delito pagarse de ellas.

—¡Me asombra usted, don Ramiro!... Pero aun admitiendo que el mundo y la historia y nuestras ilustres tradiciones no deban tenerse en nada para nuestra conducta de hoy, esas dos docenas de individualidades, carcomidas como usted dice, ¿no son acreedoras á alguna consideración? Si uno de nosotros, por no sucumbir al rigor de la adversidad, faltara á sus antecedentes, prescindiera del lustre de la clase, ¿qué dirían los demás?

—Ni una palabra.

—¡Cómo!... Usted se chancea.

—Lo dicho, don Robustiano.

—¡Los orgullosos de A.*... por ejemplo!...

—Hace seis años engordan á expensas de un destino de secretario de ayuntamiento que logró el hijo mayor; el segundo recría ganado, y la tercera es la esposa de un maestro de escuela.