—¡Don Ramiro!

—No hay más, don Robustiano. Y ya se conoce bien que se ha pasado usted la vida encerrado en su cáscara, dedicado sólo á rendir culto á sus propios timbres. Á mí también me ha sucedido mucho de eso mismo, créalo usted; pero tengo cuatro hijas: éstas, como mujeres, son curiosas y han podido darse arte para adquirir grandes noticias de los nuestros sin salir de estas cuatro paredes. Creílas yo, como usted, exageradas; traté, á mi modo, de comprobarlas, y bien pronto me convencí de que eran la pura verdad. De entonces data ésta mi manera de pensar que á usted tanto le sorprende. Desde entonces, y á despecho de mi entusiasmo por el lustre y la dignidad de la clase, no sé qué responder á preguntas como la que usted me dirigió á propósito del consabido tabernero.

Don Robustiano se hacía cruces,

—¿Y los encopetados de B.*?

—Han casado la hija mayor con un tratante en carnes.

—¡Horror! ¿Y los de C.*?

—Se han dividido entre los hermanos el mayorazgo, y tiene usted allí de todo: carretero, salta-ferias, vago camorrista...

—¡Es posible! ¿Y los de D.*?...

—Los de D.* han trocado en pajares sus torres almenadas, y en dalles y rastrillas sus blasones: labran la tierra y rascan la boñiga á su ganado. Los de E.* han hecho lo mismo, é igual todos los que han podido hacerlo, y los que no, por falta de propiedades, si tienen hijas aguardan al tabernero consabido que cargue con una de ellas y mantenga á las demás; y si no las tienen, se irían con el moro Muza que les diera de comer.

Don Robustiano se hallaba, oyendo á don Ramiro, como aquél que acaba de despertar y duda si sueña en el acto ó si soñaba antes. Solo, encerrado en su caserón, sin haber cruzado en su vida una palabra con los demás señores nobles del país, creía en ellos y en su augusta dignidad con toda la fe de que era capaz su razón, alimentada, durante el curso de tantos años, á fuerza de quimeras y abstracciones caballerescas: creía en la incorruptibilidad y en la grandeza de sus conmilitones como don Quijote en Amadís de Gaula ó en Tirante el Blanco: los juzgaba á todos por sus propios sentimientos. Por eso las manifestaciones de don Ramiro le hacían tanto efecto cuanto eran inesperadas; y como procedían de un caballero tan cumplido, ni se atrevió por un momento á ponerlas en duda. Aceptó, pues, desde luego la creencia de que había vivido equivocado muchos años y que á la sazón se hallaba solo en la Montaña. Semejante desencanto hizo asomar una lágrima á sus ojos. Pero como no hay mal que por bien no venga, la enjugó en el acto con la idea, no mal fundada, de que la defección de sus cofrades de nobleza le relevaba á él de los escrúpulos que tanto le dificultaban la solución del conflicto en que se hallaba.